domingo, 20 de abril de 2014

UN PAR DE DÍAS DESPUÉS

Querida Te:

Querida mía, se puede ser del mismo país pero según el lugar donde te encuentres las costumbres varían y, sobre todo, los precios, unas veces para mejor y otras para peor.
Una dependienta de una boutique me dijo hace años que, una vez te bajas de los tacones ya no vuelves a subirte a ellos. Cuanta razón tenía. Aún atrayéndome y pudiendo, no cambio la comodidad de un zapato plano salvo que por protocolo tuviera que visitar a la reina Doña Sofía y me impusieran el tacón. No obstante, me los pondría en el coche antes de bajarme y llevaría unos planos en el maletero para ponérmelos nada más salir del palacio. ¡No lo verán mis ojos! Quiero decir que la reina no me llamará jamás para hablar conmigo con lo que por ese lado estoy tranquila.

Ya que hablamos de zapatos, te cuento que, uno de esos días, después de llegar del Instituto y con el ruido de las voces de los alumnos todavía resonando en mis oídos, salí a dar una vuelta envuelta en el uniforme-pluma de esta temporada con el objetivo de comprar unos zapatos cómodos. Hacía frío y amenazaba lluvia pero no me importó, necesitaba desconectar. Eché a andar hasta que llegué a Sol y, a pesar de lo desapacible del día, la multitud se agolpaba por aquellos lares como si tal cosa. Me recordó a los carnavales de Tenerife. No se podía andar. Cuando la lluvia arreció fue el momento en que se despejaron un poco las calles, pues la gente se refugiaba en los zaguanes, tiendas y bares a la espera de que amainara. Y aquí viene la historia de ese día.
Con ese tiempo se me quitaron las ganas de ir de tiendas y comencé a bajar por la calle de Alcalá y de nuevo comenzó a llover. Esta vez con fuerza y con visos de durar. Así que me refugié en una cafetería muy chic y pedí un café descafeinado, sin mirar los precios para que no se me atragantara, que luego tuve la suerte de saborear frente a una cristalera enorme que daba directamente a la calle. Era como estar en un balcón cubierto. A mí alrededor había un par de chicas con los ordenadores enchufados a la corriente y escribiendo muy concentradas mientras el café que habían pedido había volado hacía tiempo. La tazas yacían a un lado, solitarias y vacías, desde hacía horas. Pero Wifi es Wifi y hay que aprovecharlo.

Desde mi privilegiado lugar me dediqué a observar a la gente que pasaba deprisa para no mojarse; a los vendedores de paraguas por tres euros que salían de todos los rincones, ofreciéndolos a tutirimundache, incluidos los que iban con paraguas, como si uno solo no fuera suficiente; a los vendedores de fotos antiguas de Madrid envueltas en plástico; a los que salían del metro que me quedaba delante de las narices y así sucesivamente. De pronto, me cansé del panorama y me dediqué a observar los edificios que estaban en el otro lado de la calle.

Para empezar, había un teatro que, por las trazas, era, como mínimo, de los años veinte del siglo pasado: teatro Alcázar.  Un enorme cartel a un lado anunciaba la obra de teatro que se estaba pasando: "Locos por el té". Me sonó a argumento inglés pero vete a saber, lo mismo no tiene nada que ver. No obstante, seguí observando la arquitectura, que sabes que me encanta y su fachada me gustó, bien combinados los elementos arquitectónicos, con un gusto ecléctico, propio de esa etapa y, de pronto, me percaté de que el teatro tenía un nuevo nombre: Teatro COFIDIS. Sin querer, pegué un respingo y pensé, ¿será el Cofidis que anuncian por la tele para los préstamos de dinero sin aval y que te conceden a los dos segundos de haber llamado? Pues sí, el viejo nombre se conserva pero el nuevo también. Así que ya sabes, cuando vayas a Madrid puedes preguntar por el teatro Alcázar o Cofidis que es lo mismo. Lo que no sé es, si la gente lo sabe, visto lo que me pasó con la iglesia de los Jerónimos.


El edificio blanco es el teatro














Un poco más arriba, casi al lado del teatro, me detuve a observar un edificio monumental de color gris en forma de media luna con una bandera española en un mástil y un bedel en la puerta. En lo alto del mismo había dos espléndidas cuadrigas de bronce pero de color negro y eso me extrañó, ya que la polución hace estragos pero ¿tan homogénea? Seguí fijándome y la gente entraba y salía constantemente hasta que me di cuenta de que era el BBV. Lógicamente pensé, ¡cómo no! ¿quién tiene dinero siempre, haga frío o calor? los bancos, sin duda. A esas alturas no solo había terminado de tomar el café sino que había parado de llover. Por tanto, salí de allí, un poco más pobre después de haber pagado, crucé la calle y entré en el banco. ¡Sorpresa, sorpresa! Me atendió el bedel, muy amable, informándome de que el edificio ahora estaba alquilado a la Consejería de medio ambiente. Le hice hablar un poco y dio por hecho que quería entrar a verlo con lo que después de obtener la autorización correspondiente me dejaron pasar.




                              Fachada del Banco Bilbao y el teatro Alcazar-Cofidis a la izquierda al fondo





                                                                     Cuadrigas

Mi querida Te, estoy convencida de que, en algunos aspectos, tiempos pasados fueron mejores, excepto cuando te dolía la cabeza y la aspirina aún no se había inventado . El vestíbulo es un espacio circular en cuyo centro se haya una mesa taraceada en madera barnizada de color semioscuro preciosa. El piso es de mármol y adosadas a la pared hay doce pares de columnas de alabastro con capitel corintio y, entre par y par un fresco de Aurelio Arteta,  de dos por tres metros representando distintas profesiones de comienzos de siglo XX, recién restauradas. Los colores, no obstante, son un tanto oscuros, ocres, marrones y algunos blancos para darles un poco de luz; supongo que el artista quiso imprimir el espíritu vasco de esa forma. Para rematar, levanté la vista y observé la cúpula con vidrieras, diseñada con un toque de mesura, elegancia y originalidad. La admiré un buen rato, extasiada, analizándola con calma, no tenía prisa alguna. Del centro de la cúpula pendía una lampara de bronce, sobria y acorde con la decoración.   

Hay una escalera que sube hasta la tercera planta que creo que el pasamanos es una maravilla, pero no te dejaban pasar a verla. Tampoco me entristeció mucho, me imaginé cualquier escalera de las muchas que he visto: palacio real de Madrid, Versalles, Hermitage... y fue como si la hubiese visto. En cuanto a las cuadrigas tienen la siguiente historia. Son de bronce, hierro, plomo y recubiertas de latón dorado. Pesan 12,5 toneladas cada una y el color negro se debe a que durante la guerra civil se pintaron de negro para evitar que fueran vistas por la aviación franquista. Restaurada la paz se decidió dejarlas con ese color negro y hasta hoy.   
Y aquí comienza la historia: Salí de allí e hice el mismo experimento: pregunté a varias personas si habían visto el edificio por dentro y si sabían algo de su historia. Querida, llegué a la conclusión de que, a la gente, o le importa un pimiento el patrimonio de su comunidad o, como muchos me decían: "no lo sé, no soy de Madrid" y por eso no lo sabían o, tal vez, no di con las personas adecuadas. Visto y oído suficientemente la opinión del pueblo, me metí en el metro, no encontré sitio y me dediqué a observar a la naturaleza humana.


















La mayor parte de los jóvenes, incluyendo los treintañeros van con los auriculares puestos oyendo música y ajenos a todo. Otros absortos en la lectura, ya sea en papel o en libro electrónico y, los menos, pegando una cabezadita a la espera de bajarse en la estación. Yo no había conseguido sitio por lo que estaba de pie sujeta a uno de los agarraderos de frente a una señora, protagonista de la segunda historia. Tendría unos sesenta años largos, delgada, con el pelo recogido de manera informal con una traba, mechas desdibujadas y uñas despintadas en las puntas. Aún así iba vestida con cierto aire hippy y bien combinada. De pronto le sonó el móvil del fondo del bolso, lo cogió, miró quien la llamaba y contestó. Sin duda era un hombre y sin cortarse un pelo comenzó a hablar como si estuviera en el salón de su casa. Obviamente, todo el mundo sin auriculares la tenía que oír por fuerza, entre ellas yo. La conversación fue más o menos esta:
_ ¿Para qué me llamas?
_ Silencio
_ Que no, ya yo he salido de la casa y no pienso volver a poner un pie en ella.
_ Silencio
_ Por mí puedes comerte todo lo que está en la nevera y si se te queda vacía le dices al Cristo de Medinaceli que te la llene.
_ Silencio
_ Que no, que no pienso volver. Llevo años aguantando tus mentiras y se acabó.
_ Silencio
_ ¿Piadosas? ¿Cuando una mentira de cuernos ha sido piadosa? ¡Que te den!
_ Silencio
_ No pienso volver, ¿me has entendido o tengo que repetírtelo? Y para que lo sepas, estoy en el metro y voy a casa de mi marido. Al menos él nunca me puso los cuernos y me ha perdonado los que les puse yo contigo.  ¡Mentiras piadosas!¡Anda y que te den! Ahora búscate a una que te las aguante, yo ya no pienso aguantártelas más. Y colgó.





                                          Parecida pero con unos años menos que la del metro

Dime si la naturaleza humana no es interesante. ¡Válgame Dios! Allí estaba yo con mis rodillas pegadas a las suyas, oyendo aquella conversación, sin posibilidad de taparme los oídos y remontada como si me hubieran cogido en un renuncio.
Ahora viene lo mejor. ¿Crees que alguna persona de las que allí estaban hizo algún gesto de desagrado o de poner atención a lo que aquella mujer hablaba a gritos por teléfono? Pues no. Todo el mundo siguió impertérrito, sordos, ciegos y mudos. Ni siquiera se inmutaron cuando la mujer siguió hablando sola, rezongando y echando pestes del hombre con el que acababa de hablar.





Cuando salí del metro respiré hondo y salí a la calle. Y como no hay dos sin tres, una manifestación en pro de Maduro con los gritos, cánticos y tambores me cogió en todo el medio de la acera. Al fin pude zafarme y llegar a casa. Solté todo lo que llevaba, me tomé una aspirina y me tumbé en la cama. Me desperté a las doce de la noche helada de frío.



                              La zona de la que te hablo en la época en la que no había aspirinas


Ya te seguiré contando mañana.
À toute à l'heure ma cherie    
        
                    

viernes, 18 de abril de 2014

PRIMER DÍA EN MADRID


Querido Fran:

Coincidir esa noche en Madrid, tú procedente de Londres y yo de Tenerife, después de tanto tiempo sin vernos fue para mí una gran alegría. Como sé que te gusta que te cuente mis historias, a donde quiera que vaya, comenzaré por el principio.
Al día siguiente, mientras tú volabas a Tenerife, yo comencé a trabajar. Por la tarde, después de almorzar decidí que, antes de preparar las clases del día siguiente, debía hacerle los honores a una ciudad tan monumental como Madrid. Pocas ciudades pueden presumir de tal honor: París, Roma y alguna más, pero no muchas.  Te diré que hacía frío por lo que iba envuelta en el uniforme de esta temporada: un pluma de color beige con cuello de pelo de conejo y un pañuelo al cuello. ¡Ah! Pero maravilla de las maravillas, no me acordaba de que el frío de Madrid es seco, sin humedad marina, por lo que mi pelo, recién lavado, rizado y recogido con dos coquetas trabillas seguía en su sitio, suave y cariñoso alrededor de mis orejas. Comencé a andar por delante del Museo del Prado, que me quedaba a dos calles y, a medida que avanzaba por delante en busca de la entrada, veía los grupos de palomas picoteando en el suelo como posesas o eludiendo el cortejo de los palomos que se afanaban por pescar a la elegida de su corazón. No obstante, algo me llamó la atención: las palomas del centro de Madrid padecen de obesidad mórbida. No te rías que es cierto, tanto es así, que cuando me acercaba a ellas no echaban a volar sino que corrían. Seguí fijándome y comprobé que levantar el vuelo era un ejercicio que solo podían hacerlo unas pocas y, sin pasarse, a la rama más cercana y más baja del árbol más próximo, mientras las demás, arrastraban el cuerpo por el suelo y se desplazaban de un lado a otro con sus patas de palillos y mirada de fastidio. No me extrañó verlas tan gordas, tienen comida por un tubo ya que, vayas por donde vayas, en los bajos de los edificios, la mayoría del XIX y XX, te encuentras: un bar, una cafetería, un bar, un banco, un bar, una iglesia y enfrente una boca de metro. Más o menos esa es la disposición y la gente compra cualquier comida rápida, se sienta en un banco y la saborea rodeada de un cortejo plumífero.  A medida que te acercas a Sol la cosa cambia un poco: tienda de ropa, tienda de ropa, tienda de calzado, un bar o cafetería y, por supuesto, una iglesia.







                                                                   






           Como te iba diciendo llegué al museo, pero antes de entrar quise ver la ampliación de Rafael Moneo y me senté un rato en el borde de un seto a admirar su obra mientras me calentaban los rayos de un sol tímido y pobre, pero calientes al fin y al cabo.  Miré hacia la Iglesia de los Jerónimos y me decepcionó verla cerrada. Y aquí viene la primera historia de Madrid.
Desde donde me hallaba vi venir a una chica de treinta y tantos que pasó por delante de la iglesia mirando al frente, vestida muy de ejecutiva: traje de chaqueta y pantalón azul marino, blusa blanca y tacones de altura razonable. En la mano portaba un maletín color beige y un bolso al hombro. El pelo lo llevaba recogido en una coleta y solo un poco de rimel en las pestañas. Sus aires decididos al andar te indicaban que no era la primera vez que pasaba por allí, o mejor dicho, era su camino habitual hacia su destino. No me preguntes por qué, lo cierto es que me dije en plan zorrina:  ¿a qué no sabe que esa iglesia es la de los Jerónimos?  Según lo pensé me acerqué a ella y pude observarla más de cerca. Tenía un físico agradable sin llegar a ser guapa. Se paró para atenderme y oyó mi pregunta con atención:
_Perdona, ¿sabrías decirme si esa iglesia es la de los Jerónimos?
Giró la cabeza para mirarla y en medio de cierta confusión contestó:
_ Me ha pillado, dijo un tanto azorada, la verdad es que no lo sé. Y eso que paso todos los días por aquí y soy de Madrid y se echó a reír.
Yo seguía atenta a sus palabras cual guiri educada e ignorante y entonces concluyó:
_De todas formas, creo que no, los Jerónimos me parece que está subiendo por la calle del Congreso que se llama la Carrera de los Jerónimos, y el nombre estoy segura de que es por la iglesia que está cerca, que será la que Ud. busca.
A todas estas, la mole de la iglesia estaba a 10 metros de donde nos hallábamos y desde allí podían verse las cartelas que anunciaban el horario de apertura de la iglesia para los oficios. No hizo intención de cerciorarse acercándose para leerlas sino que, muy educadamente, comenzó a andar mientras se despedía:
_ Lo siento, no puedo ayudarla, tengo que marcharme y ahora que lo pienso, estoy segura de que no es la de los Jerónimos, pero tampoco sé su nombre.
_ No te preocupes, le dije con mi mejor sonrisa agradecida, ya lo averiguaré. Entonces me rodé dos pasos de donde me hallaba y un enorme cartel del Museo anunciaba: “ENTRADA DE LOS JERÓNIMOS” y, a su lado, una foto del bellísimo cuadro de Jean Fouquet, “La virgen con los ángeles” obra invitada del Real Museo de Amberes de dos metros de alto. Creí que se daría cuenta y haría una asociación de ideas pero no, echó a andar muy deprisa a donde quiera que tuviese que llegar mientras supuse que iba pensando: “Esta gente viene a hacer turismo a Madrid y son incapaces de comprarse una guía”.



La Iglesia de los Jerónimos con el claustro y los setos de la ampliación del Prado de R. Moneo

-Qué tal?, como diría una venezolana, que traducido al español de la península es ¿Qué te parece?
 Pues sí, nacida, criada y estudiada en Madrid, pasando todos los días por delante y ya ves, no es fácil ser un guía de turismo. Me consolé pensando, “no te preocupes, lo aprenderá el día que vaya a casarse, porque lo hará en los  Jerónimos, esa será su penitencia.

Me tengo que despedir porque me esperan, pero te prometo que seguiré contándote todo lo sucedido en mi larga estancia en la ciudad imperial. ¡Qué belleza de ciudad! Cada vez que voy descubro algo nuevo, cada piedra te cuenta una historia. Si adecentaran un poco más algunas fachadas e hicieran más publicidad de la ciudad se acabaría la crisis en dos días. No habría hoteles para albergar a los turistas. Creo que es cuestión de imaginación más que de dinero.

À toute à l’heure mon cheri.   



  








domingo, 5 de enero de 2014

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (9)

Capítulo 9.-


Conforme pasaban los días y la estación de lluvias avanzaba, de igual manera la sensación de que algo distinto, diferente, se estaba gestando en el ambiente era cada vez más alarmante. Ahora bien, no parecía que los demás se dieran cuenta porque, en apariencia, continuaban con sus vidas con el mismo ritmo de siempre. Sin embargo, yo me mantenía alerta con una incómoda sensación de desprotección y de desasosiego que no sabía de qué manera soslayar o explicar.
Angélica dio por concluidas las clases a adultos y terminó por aceptar el puesto de profesor en el colegio americano. Salía temprano y regresaba al mediodía. Lucía Belinda continuaba con la crianza de su hija con la tranquilidad de que todo estaba funcionando bien. En cuanto a mí me limitaba a observar y a esperar. Me hacía la misma pregunta una y otra vez: ¿Qué me pasa? ¿Qué es lo que no está funcionando como es debido? ¿Demasiado plácido, demasiado tranquilo, demasiado feliz? Ese “demasiado” ya era un indicativo de que algo no estaba como era debido pero, al mismo tiempo tenía mis dudas al respecto ya que, “demasiado”, era un adverbio normal en aquellos parajes. Terminé por dejar que, fuera lo que fuese que me estaba incomodando surgiera por sí mismo, sin forzarlo, como hacía cada vez que algo no andaba bien y no encontraba el motivo. Ya lo había experimentado en otras ocasiones. Y, de pronto, los acontecimientos comenzaron a sucederse uno tras otro como en una cascada.

La mayor parte de los grandes acontecimientos comienzan por un hecho sin importancia, a menudo sin aparente conexión entre sí, para luego, más adelante, convertirse en la raíz de lo que los ha desatado. En ocasiones, no es más que otro síntoma que, sumado a los demás, forman el mosaico.    

Que la pequeña de Angélica era la única que no sabía nadar y por tanto a la que había que vigilar con cuidado era un hecho que no se nos escapaba a nadie. No obstante y a pesar de la vigilancia no se pudo evitar que en dos ocasiones, con un lapso de tres días, Angélica tuviera que lanzarse de cabeza a la piscina, con zapatos incluidos, para sacarla a flote. La lógica de los mayores no es la misma para los menores por lo que la pequeña fuera del agua se quitaba los flotadores para jugar olvidando colocárselos cuando regresaba a la piscina.
Aunque pudo haber sido una tragedia, no pasó de un susto pero Angélica se valió de ello para mostrar su lado más serio e intransigente con la niña a la que obligó a seguir unas lecciones estrictas para dominar el arte de nadar. En una semana la niña consiguió desprenderse de los manguitos y mantenerse en el agua con la misma garantía de éxito que los demás niños. Me dije que la necesidad obra milagros. Lejos de calmar la ansiedad de Angélica, ésta se mantenía en un estado de nerviosismo que nada tenía que ver con lo sucedido. No obstante, su mal humor persistía, se mostraba arisca en sus contestaciones y en ocasiones se sumergía en un mutismo desagradable. Me dije que había algo más que la atormentaba, algo que nada tenía que ver con la niña que ya había superado la prueba con creces. Y la contestación era obvia: Julio. Qué era, no lo sabía, pero estaba segura de que tenía que ver con él.   


El segundo acontecimiento tuvo lugar poco después de los sustos de la piscina.
Me disponía a tomar el ascensor para bajar a la piscina cuando encontré a Angélica en él, que, en lugar de bajar, subía.
-¿A dónde vas?, le pregunté extrañada.
- A casa de Roger, me contestó con un amago de sonrisa. Quiere que pose para él en un reportaje fotográfico. Ya sabes lo poco que me gustan estas cosas, pero quiere inaugurar el nuevo estudio fotográfico con fotos de gente real y no con artistas de cine. Ha insistido tanto que al final he cedido.
La miré detenidamente. Iba sin maquillar y con el pelo recogido en una coleta.
-Pero bueno, ¿vas a hacer un reportaje fotográfico sin maquillarte y sin darle un aire a ese pelo? Tienes que bajar y hacerlo. Roger será muy bueno pero no creo que hasta ese punto.
Me miró como si la hubiese cogido en un renuncio y se contempló en el espejo del ascensor. No había caído en ello y no me extrañó. En primer lugar por ser cómo era, su físico no representaba nada importante para ella y en segundo lugar, no había posado nunca para nadie con lo que ignoraba que los defectos de la piel los recogen las cámaras de manera despiadada.
-¿Crees que debo maquillarme para esta sesión de fotos?, preguntó sin mucho ánimo.
-Pues claro, querida. Si quieres, te acompaño y hablamos con Roger. Te lo dirá.
Efectivamente, Roger confirmó mis palabras. Así que tuvimos que bajar de nuevo a su casa y buscar el neceser de pinturas y maquillaje y ponernos a la tarea de embadurnarle la cara con todos aquellos potingues. Milagrosamente estaban sin caducar y la mayoría sin estrenar. El resultado fue espectacular. Le cepillé el pelo, se lo recogí con dos simples trabas a un lado y la hice mirarse al espejo.
-¿Esta soy yo?, preguntó con una sonrisa alegre y divertida. Los ojos le brillaban y los dientes reflejaban una blancura deslumbrante por el contraste con el color rosa de los labios.
-Pues sí, contesté en la misma línea. Las fotos van a quedar preciosas. Ya lo verás.
-¿Me acompañas? Al menos hasta su casa.
-De acuerdo, pero luego me voy. A los artistas no les gustan los espectadores.
Los resultados de las fotos los guardó Roger hasta el día de la inauguración. No quiso enseñarnos ninguna de ellas pero suponíamos que debían haber salido bastante bien porque nos picaba el ojo en señal de conformidad cuando nos veía. Faltaba una semana para la inauguración y yo estaba más intrigada y ansiosa que la misma Angélica. Aun así, se mostraba taciturna y un tanto preocupada y la razón era que Julio nada sabía de aquel reportaje.
-¿No se lo has dicho? ¿Por qué?, le pregunté asombrada.
-No lo sé. Creo que es la primera vez que hago algo como esto y no se lo cuento.
-Y ¿cómo vas a hacer el día de la inauguración? ¿Te vas a presentar allí sin decirle nada? Pues va a llevarse tremenda sorpresa cuando vea las fotos.
- Lo sé. Sin embargo no puedo decírselo; no, no es cierto, la verdad es que no quiero decírselo. Y no me preguntes por qué porque no lo sé. 
- Yo creo que sí, le estás echando un pulso. Quieres ver cómo va a reaccionar ante el descubrimiento de que puedes hacer algo sin que él intervenga. Estás comenzando a tomar decisiones por ti misma y quieres ver si eres capaz de aceptar las consecuencias. Quieres ver su reacción. Me gusta esa actitud.
- ¿Tú crees?
-Desde luego que sí. Vamos a esperar a ver qué sucede.

La tarde de la inauguración de la tienda, María, la mujer de Roger desplegaba una gran actividad, más de la que solía habitualmente. Había que tener en cuenta que era el polo opuesto a Roger en todo, si éste era alto, guapo, delgado, muy dinámico y negro, ella era bajita, mediría 1,50 centímetros todo lo más, bastante rellenita, blanca, poco agraciada y comodona. Pero, y aquí está la clave de la pareja, era la mujer más simpática y ocurrente que me he encontrado nunca, con excepción de Angélica. Y Roger era feliz con ella. Sus encantadores hijos de tinta china habían salido a su padre en altura. Cada vez que los veía sumergirse en el agua de la piscina me daban la sensación de que saldrían sin el color negro, de que la tinta china se escurriría en el agua. Al igual que Lucía Belinda, María no se bañaba, ni tan siquiera se ponía en traje de baño para tomar el sol. Se limitaba a bajar con ropa cómoda y se sentaba en el césped a charlar. Por lo tanto, la actividad frenética de los días previos a la inauguración del estudio fotográfico la tenían agotada y, si mi vista no me engañaba había adelgazado. El día de la inauguración ¡había ido a la peluquería! Increíble pero cierto y el resultado más increíble aún. El pelo negro corto y ensortijado, pegado a una cabeza redonda y oronda, se había convertido en una melenita a la altura de los hombros, alisada y con las puntas onduladas hacia adentro que la hacían más delgada, atractiva y vistosa. Ella misma no podía creer lo que veía en el espejo por lo que comenzó a lanzar toda clase de ocurrencias que causaron la hilaridad de todas las que estábamos a su alrededor. Con las manos en la cadera empezó a desfilar moviendo la cabeza con la altanería conque suelen hacerlo las modelos, al tiempo que su enorme trasero bamboleaba hacia arriba y hacia abajo. Luego ensayó con los zapatos nuevos de tacón que había comprado para la ocasión y a punto estuvo de torcerse un tobillo. Pasamos un rato divertido que terminó con la llegada de Roger que la instaba a que se preparara. La dejamos y bajamos cada cual a su casa para vestirnos.

Nos habíamos puesto de acuerdo las tres parejas para ir todos juntos a la inauguración. Y por una vez, sin contar el breve lapso con ocasión del reportaje fotográfico, vi a Angélica vestida elegantemente y maquillada. Estaba espectacular y Julio a su lado, si bien estaba inflado como un globo, por otro lado se le notaba cierta incomodidad, como si no dominara del todo la situación. “Normal, me dije, a ver de qué manera puedes evitar que la gente repare en ella y no piensen que eres un perfecto idiota por menospreciar a una mujer como ella con mujeres que no valen un pimiento a su lado”. Lucía Belinda también estaba encantadora, había ido a la peluquería y se había comprado un traje muy favorecedor. En cuanto a mí, creo que tampoco estaba nada mal. Por suerte, yo no tenía ninguno de los conflictos que tenían mis amigas con sus parejas. A veces me preguntaba qué tenía yo de especial para merecer tanta veneración.

Cuando llegamos el estudio estaba lleno de gente, la mayoría conocidos de la zona y unos cuantos a los que no habíamos visto nunca, que luego supe que eran amigos y familiares de Roger y María. También estaba Lola y su marido. Lola, guapísima, aunque un poco recargada en joyas y pintura, para mi gusto. Llevaba un traje sin mangas en tonalidades amarillas y marrones muy favorecedor. La melena, recogida en un moño muy original la hacía más delgada de cuello. En cambio Angélica la llevaba suelta, ondulada y recogida a ambos lados, con unas trabas de brillantes, que le daban luz al pelo. Se había puesto un vestido rojo sin mangas y zapatos de tacón en el mismo tono que la ayudaban a sobrepasar unos centímetros a Julio y la convertían en la mujer más alta de la fiesta ya que Lola, siendo alta como era, no llegaba a su estatura. La llegada de un grupito como el nuestro fue recibida con gran expectación y enorme curiosidad por todos los allí presentes que, sin excepción, giraron sus cabezas hacia nosotros para darnos la bienvenida. Roger como anfitrión que era se adelantó y nos recibió con aquella sonrisa blanca y negra deshecho en atenciones y, en particular, con Angélica a la que cogió del brazo para guiarla hasta donde estaba su foto, seguidos por nosotros y por las miradas de todos. No sé qué era lo que esperaba, había imaginado muchas veces el resultado del reportaje, pero aquella foto que había expuesta no. Me quedé mirándola arrobada. Debía medir metro y medio de largo y toda ella lo ocupaba el rostro de Angélica y parte de los hombros. Ligeramente ladeada, miraba hacia algo lejano, con una sonrisa apenas esbozada, muy natural. Lucía Belinda, a mi lado también la observaba con atención.
-Tenía razón, murmuré al rato.
-¿Has dicho algo?, preguntó Lucía Belinda sin dejar de mirar la foto.
-¿Recuerdas cuando nos enseñó con diapositivas el objetivo de un retrato a lo largo de la historia? Esta es una buena muestra de ello.
-¿Te refieres a los retratos en la pintura?, contestó Lucía Belinda.
-Sí, y me estoy acordando del cuadro del Papa de Velázquez del que tanto nos machacó para que apreciáramos lo importante del retrato.
-Lo recuerdo, el de “¡troppo vero!” y se echó a reír. Sé a lo que te refieres y, ahora que lo dices, tenía razón. Lo importante es captar la naturaleza interior del personaje, la profundidad de su carácter. Creo que Roger lo ha logrado con esta foto. Es ella, sin duda. Da la sensación de que está a punto de hablarnos.
- Yo diría que va un poco más allá, le dije arrastrando las palabras. Veo a una Angélica sensible y vulnerable, como si estuviera haciendo el esfuerzo de superar una tristeza interior.
A medida que observaba la foto, me reafirmaba en lo desconcertante que era ver como Roger había captado la esencia del alma de Angélica. Ésta miraba hacia algo más allá del fotógrafo, o a alguien que le agradaba, con una sonrisa de complacencia comedida, una postura tantas veces vista por mí en los muchos momentos vividos a su lado. No me extrañó la expectación de la gente y las efusivas felicitaciones a ambos por el resultado. Se convirtió en el centro de las personas que allí estábamos, y pasada la primera impresión, Angélica reía y compartía con nosotras el regocijo que le causaba verse en aquella inmensa foto. Julio mantuvo las formas y como muchos lo felicitaban por tener a aquella mujer, su ego no sufrió demasiado. Eso de que él no fuera el centro de atención lo incomodaba, pero supo aguantar las formas y auparse al carro del beneficiado, del tocado por los dioses por ser el marido de una mujer como aquella. No quiso dar a entender que nada sabía al respecto, todo lo contrario, hizo como si lo supiera, pero tanto Lucía Belinda como yo, lo mirábamos de reojo detectando la incomodidad que sentía y nos alegramos íntimamente por ello. Por supuesto, Angélica, que lo conocía mejor que nosotras, vio las señales de su enfado y, por una vez en su vida de casados, noté que se alegraba de hacerle pasar por una situación de menosprecio, el mismo que tantas veces él a ella con las mujeres de baja estofa que frecuentaba. La diferencia estaba en que Angélica no necesitaba traicionarlo con nadie para hacerlo sentir una hormiga, le había bastado con un hecho como aquel y ante todo el mundo. No pude dejar de pensar regocijada que había jugado, se había arriesgado, había hecho jaque mate y había ganado de manera elegante, y bien merecidamente, por cierto. Tanto Lucía Belinda como yo, nos mirábamos y nos entendíamos y ella aún más porque también estaba sufriendo en carne propia una situación parecida, como supe después.
Lola y su marido también se acercaron a felicitarla por el resultado de la foto. Lola se interesó por el trabajo de Roger y su intención de ponerse en sus manos para un reportaje fotográfico. Creo que era la primera vez que la veía interesada y con la iniciativa de una conversación. Angélica charló un rato con ambos contándoles de qué modo había surgido la idea y de cómo se había llevado a cabo. Luego se despidieron y se marcharon, no sin antes hablar brevemente con Roger. Supuse que habrían quedado con él para verse y charlar sobre el reportaje que ella quería que le hiciese. Esa noche, Roger había conseguido más trabajo que el que podría haber obtenido con una campaña de publicidad por la tele. Me dije que nada surtía más efecto que ver en vivo el resultado de cualquier cosa que se quisiera promocionar. Roger lo sabía, llevaba muchos años en la profesión y era listo. A cambio de haber posado gratuitamente para él, Roger le regaló a Angélica una copia de todo el reportaje que, en los días sucesivos, estuvimos viendo y analizando: la luz, los filtros de color, las distintas posturas. Eran todas ella magníficas, pero sin duda, la elegida para ser expuesta la mejor de todas.

A partir de ese día Angélica era reconocida en la calle por la gente que la había visto en el estudio el día de la inauguración o, por las que, posteriormente, iban acercándose a él para encargos de todo tipo y habían visto aquella foto en una pared estratégica del estudio, a la vista de todo el que entraba en él. Supimos por Roger que Julio le había intentado convencer para que la retirara, pero éste, con su habitual espíritu práctico de comerciante le había contestado que no haría tal cosa hasta que él considerase el momento apropiado para ello y, además, tenía la conformidad de Angélica, la protagonista de la misma, para exhibirla. Esta negativa mantenía a Julio en un estado de desasosiego constante; por un lado aparentaba complacencia ante todo el que lo felicitaba por ser el marido de la protagonista de la foto y por otro se comportaba con la actitud de marido engañado, culpando a su mujer de haber actuado a sus espaldas.
Creí que Angélica se derrumbaría y cedería a sus presiones, pero la naturaleza humana tiene sus propios mecanismos de defensa y ataque y Angélica se encontraba muy cómoda por el resultado de aquella decisión unilateral con lo que mantuvo una actitud de indiferencia y de seguridad en sí misma dándole a entender a Julio que quien inicia una guerra tiene dos únicas salidas: vencer y establecer sus propias demandas al vencido o perder y asumir las consecuencias. La dialéctica entre ambos se mantuvo durante un tiempo hasta que Julio terminó por ceder. Quizá ceder no sea la palabra exacta pues, en ningún momento, reconoció que parte de la culpa de lo sucedido, de la decisión tomada por Angélica de mantenerlo al margen, la había propiciado él con su reiterada falta de respeto hacia ella, algo que muchos sabían y con lo que tenía que vivir a diario, sino que, dado que en la balanza de los pecados salía perdiendo llegó a la conclusión de que era mejor no volver a tocar el tema y seguir adelante como si nada hubiera sucedido. Restablecida la paz entre ambos, una paz precaria, todo hay que decirlo, Angélica continuó con su quehacer diario. No obstante, lo sucedido la había cambiado, ahora no le preguntaba dónde había estado ni por qué llegaba a tal o cual hora, ni le insistía para salir juntos a algún evento que le interesara, o en compañía de los niños. Si decía que no podía, que tenía trabajo o una reunión con alguien importante, se limitaba a asentir y a no discutir. Luego, se arreglaba y se iba sola o bien en compañía de sus hijos, en ocasiones conmigo o con Lucía Belinda. Esta actitud de independencia manifiesta, mantenía a Julio, por primera vez en años, en franca incertidumbre, ya que, con frecuencia, al llegar a su casa comprobaba que ella no estaba y le tocaba a él esperarla. Me preguntaba si pasar por lo mismo que él le hacía a ella tan a menudo, le haría reflexionar sobre su comportamiento. Algo me decía que no era probable ya que, por lo general este tipo de personas, narcisistas hasta la médula, no ven más allá de su propio ego, de su propia satisfacción a costa de quien sea y de lo que sea y no aguantan la contradicción de sus deseos sin que le suponga un agravio insoportable. Si Angélica traducía en palabras su comportamiento haciéndole entender la similitud que había con el suyo, dudaba que lo reconociera. Él era el hombre y le estaban permitidas determinadas prerrogativas por la tradición, por la costumbre. Algo como un derecho consuetudinario incontestable y aceptado por la civilización. Que ella hiciera lo mismo no lo admitiría.
En mi fuero interno me alegraba de que, al fin, Angélica hubiera mirado al frente sin temor, sin desviar la vista y aguantara el reto. Sin embargo, ¿cuánto tiempo duraría ese estado de guerra silenciosa y solapada, ese pulso entre dos voluntades tan enérgicas sin que hubiera heridos de gravedad? Estaba por ver.

Sin embargo, todo esto dejó de tener plano de actualidad ante un hecho terrible que tuvo de protagonista a Lucía Belinda y que yo me enteré por Angélica, dado que las circunstancias hicieron que ambas lo compartieran, al menos en su momento inicial. 
El asunto comenzó una mañana de sábado, cuando Lucía Belinda no salió a pasear con la niña y Angélica, extrañada, bajó para ver qué pasaba. Se la encontró llorando, sentada en el sofá del salón de su casa y a su hija en el cochecito a sus pies, mirando a su madre con una sonrisa anhelante, como si supiera que estaba lista para salir. Nada más lejos de la realidad. Una llorosa Lucía Belinda, sentada en el sofá con los brazos en el regazo, inmóvil, salvo por las sacudidas del llanto y a su lado una hoja de papel con el membrete de la cínica de Eligio y dirigida a Emilio como paciente, la recibió. Después de abrir la puerta y dejar pasar a Angélica se sentó en el sofá, donde debía llevar tiempo en esa misma postura por el hoyo que tenía la tela, e incapaz de hablar, se limitó a señalar la hoja de papel que Angélica tomó entre sus manos y, después de mirar a Lucía Belinda, como pidiéndole permiso, se dispuso a leerlo. A medida que su vista recorría aquellas palabras escritas a máquina su cara iba perdiendo el color. Lo único manuscrito era la firma del médico al final del informe. Una vez hubo terminado, pálida y con las facciones contraídas, dejó la cuartilla con lentitud y suavidad, como si temiera hacer ruido, encima de la mesita de centro, delante del sofá donde estaban sentadas. No articuló palabra. Se quedó mirando fijamente al frente durante unos minutos y luego, como si ya su cerebro no pudiera aguantar más tiempo aquella presión, se levantó y se dirigió a la cocina. Era su forma de pensar antes de hablar, necesitaba asentar el tropel de ideas que la apabullaban y la incapacitaban para decir lo que realmente quería. Lo había aprendido a lo largo del tiempo y a través de diversas experiencias que se remontaban a su adolescencia y a una juventud reciente. Llenó la pava de agua y la puso al fuego a hervir mientras disponía las tazas y los cubiertos sobre una bandejita, junto con el azúcar y cuatro sobres de tila. Se apoyó en la encimera, vigilando que el agua terminara de hervir sin quitarle la vista de encima pero con la mente muy alejada de allí. Luego, llenó las tazas de agua y abrió los sobres, dos para cada taza y salió hacia el salón. Sin mediar palabra, le sirvió una a Lucía Belinda y otra para ella y se sentó a su lado.
-¿Dos de azúcar, o más? Le preguntó.
- Dos está bien. Gracias, contestó Lucía Belinda en voz baja. Había dejado de llorar pero sus ojos enrojecidos y tristes hicieron que a Angélica le brotaran las primeras y silenciosas lágrimas de aquel fatídico día.
Ambas tomaban la tila en silencio, cada cual procesando a su manera el significado del informe médico y en especial las consecuencias que traerían consigo. Una vez hubieron terminado, Angélica encendió un cigarrillo y dio una calada profunda que, al expulsar el humo le llegó a Lucía Belinda haciéndole toser. Aún así, ninguna de las dos se inmutó. Por fin, Angélica se decidió a hablar.
-Creo que debemos salir a pasear un rato con la niña. Nos vendrá bien a las tres.
-De acuerdo, yo también lo creo. Aunque de lo único que tengo ganas es de huir a algún lugar donde no vuelva a verlo nunca más, dijo con voz entrecortada.
De repente, se volvió hacia Angélica y agarrándola por un brazo le espetó: ¿Por qué, por qué lo hizo? ¿Cómo tuvo valor para engañarme de esa manera? Estalló con un tono de voz histérica. Angélica la abrazó encontrándose con la resistencia de un cuerpo rígido y tenso a punto de explotar. Tenía que dejar que desahogara aquella furia a su manera, nada más podía hacer, de momento. Era consciente de que a medida que la información tomara visos de realidad, Lucía Belinda tendría que pasar por varios estadios de comportamiento irracional hasta alcanzar el más lógico para ayudarla a tomar la decisión final.
-Creo que si vamos a hablar de ello será mejor que salgamos; caminar y salir de tu casa es lo mejor que podemos hacer. Nos ayudará a tranquilizarnos y sobre todo a que la niña se calme, que ya está bastante incómoda. Está percibiendo tu estado de ánimo. Su carácter práctico y resolutivo decidió a Lucía Belinda que, sin mediar palabra tiró del cochecito de la niña y salieron de la casa.
Al cabo de cinco minutos, bajé a casa de Angélica y al no encontrarla fui hasta la de Lucía Belinda, sabía que estarían allí. Mientras esperaba a que me abrieran, apareció Nuria cargada con bolsas del supermercado y con los resoplidos característicos de quien está haciendo algo que le fastidia dijo:
-No está, ella y Angélica van saliendo hacia la calle con la niña. Acabo de verlas.
-Gracias, le contesté caminando a toda prisa y dejándola con la palabra en la boca. No sé que se disponía a contarme, algo era desde luego porque la conocía, pero si la dejaba estaba segura de que empezaría a despotricar sobre cualquier cosa que, ya a esas horas, la tuviera contrariada.
Salí al estacionamiento, alcancé la puerta del muro del recinto y las vi caminando por la acera hacia el paso de peatones. Las llamé, se giraron al oírme y me esperaron. En un primer momento no sospeché nada de particular aunque al mirar a Lucía Belinda y luego a Angélica, que me hizo una señal con la mirada, supe que algo grave pasaba. Sin embargo, no podía hacerme la loca pues parecería más sospechoso aún, así que, armándome de valor dije:
-¿Qué te pasa, Lucía Belinda? ¿La niña está bien? Tanteaba el terreno de manera mecánica, más por cortar el silencio que por curiosidad. No era la primera vez que me encontraba en una situación parecida y luego no era nada especial. Al fin y al cabo, en aquel lugar las cosas sucedían sin que supieras bien por qué, daba igual lo que fuese así que, a esas alturas, rara vez me cuestionaba las cosas como cuando llegué a aquel lugar, ahora aceptaba lo que sucedía a mi alrededor con la misma tranquilidad y conformismo como la que tiene asumido que ha traído al mundo “un hijo más feo que el Fary con estreñimiento en la cara”. Tal comparación me vino a la cabeza por lo que tenía de verdad aplastante y, sobre todo, por las reiteradas veces que se la había oído decir a Angélica, una de tantas que soltaba tan oportunamente cuando hablaba y que le salían con la misma naturalidad con que yo podía decir “¡hola, qué tal!” Aunque en esta ocasión no me reí.
Con la mirada al frente, los labios firmemente cerrados, el ceño fruncido y los ojos llorosos continuó andando como si no me hubiera oído. Fue Angélica quien tomó la palabra y me puso al tanto de lo sucedido. Solo me hice una pregunta: ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ser humano para tapar sus propias miserias? Y ¿para qué, si al final siempre se terminan por descubrir? No era una pregunta, eran dos y, a medida que andábamos en silencio y contestándonos con monosílabos, iba formulándome otras.

Anduvimos un rato al sol de la mañana, todavía agradable para pasear, hasta que llegamos al parque que había delante del centro comercial donde estaba la oficina de Julio. Aunque ésta daba al exterior, no abarcaba la visión de esa parte, que era donde se encontraba la puerta de entrada del centro, sino la de la ancha avenida principal por donde circulaban los vehículos a toda velocidad, la mayoría americanos grandes como chancletas y los camiones con su carga correspondiente, en un ir venir constante por las numerosas obras. Nos sentamos en uno de los bancos que estaban a la sombra mientras la niña con su muñeca en la mano sonreía a otras que ya andaban y se acercaban de vez en cuando a ella. Lucía Belinda parecía no estar enterándose de nada o más bien parecía no conceder importancia a lo que sucedía a su alrededor. Era como estar viendo a una persona en estado comatoso salpicado con algunos atisbos de vida cuando emitía un hipido de vez en cuando.

-Y ¿ahora qué vamos a hacer, o mejor qué va a hacer? Le susurré a Angélica sentada a mi lado.
_No lo sé, pero he aquí lo que pasaba en su matrimonio y que tantas veces te dije que había que esperar para saberlo. Con lo que no contaba era con que fuera algo que ni ella misma imaginara, me contestó en el mismo tono. Si Lucía Belinda lo oyó, no dio muestras de haberse enterado.
Como puestas de acuerdo, no volvimos a tocar el tema, limitándonos a mirar y a hacer algún que otro comentario de pasada respecto a alguien que pasara ante nosotros.
Desde nuestra posición veíamos las entradas y salidas de la gente que se acercaban al centro comercial y, a aquellas horas, había muchas amas de casa acompañadas por las chicas de servicio encargadas de llevar las compras, secretarias con carpetas de documentos y ejecutivos de las distintas oficinas. De pronto, vi salir a Julio acompañado de una joven a quien de manera discreta empujaba por el codo. Sin mirar a ningún lado torcieron hacia la izquierda y entraron en un pequeño bar, a mitad de la acera, de nombre “El loro ganchudo” que el dueño le había puesto en recuerdo de uno que había tenido en su casa cuando era joven y había muerto después de veinte años de vida feliz. Contaba a la gente que lo de ganchudo era porque el pico le crecía a medida que se hacía viejo, hasta que llegó un momento en que él tenía que pelarle las pipas porque el tamaño y la caída hacia adelante eran tan grandes que no le permitían romper las cáscaras. Desde luego, una exageración y probablemente una mentira, pero cuando la gente se reía sin creerle, más se reafirmaba en el hecho. El cuento le había costado caro pues ya nadie lo llamaba por su nombre sino por “ganchudo”. ¡Ganchudo, ponme un café y un bocadillo! Y “Ganchudo” le llamaban todos, incluido al bar.
Pude sentir la tensión en el cuerpo de Angélica que siguió con la mirada a su marido hasta que desapareció en el interior. Por un momento pensé que se levantaría y que iría directa al bar, pero no, se quedó envarada, tiesa como una caña de bambú y sin apartar la vista de la puerta. Hice como si no lo hubiera visto, dos tormentas seguidas a aquellas horas tan tempranas, por mucho que anhelara cambios en la rutina, me parecía que eran demasiado y “demasiado” podía ser peligroso. Al cabo de una media hora, la pareja salió y en la puerta del centro se despidieron con un beso en la mejilla y un gesto de saludo en la mano. Mientras Julio entraba al centro, la chica anduvo por la acera, giró al llegar a la esquina y desapareció. Debía de tener unos dieciocho o diecinueve años, morena, de pelo crespo a la altura de los hombros y bruta de facciones, boca grande, nariz ancha, frente estrecha y carrillos gruesos con colorete. De altura más bien baja, sufría de “cartucheras” en las caderas, lo cual era penoso porque sobredimensionaban sus glúteos. Francamente, un adefesio, pero típico de Julio. La tensión de Angélica fue cediendo gradualmente, suspiró con desencanto y se relajó, en tanto que Lucía Belinda había dejado de gemir y acariciaba la mano de la niña en un gesto de cariño y de ternura sin enterarse de nada. El tiempo había pasado volando, era casi mediodía, los niños estarían ya en la piscina y como si todas hubiésemos pensado lo mismo, nos pusimos en pie para regresar a casa.

Dejamos a Lucía Belinda en su casa, que quiso quedarse a solas, y nos citamos para tomar café unas horas después. Mientras nos acercábamos a la piscina, yo iba dándole vueltas a la cabeza a todo lo acontecido. Suspiré y en cierto modo me preparé para lo que vendría en un par de horas. El grupo al completo se hallaba en el césped a la sombra de “nuestro árbol”, como le llamábamos, aunque Nuria, algo inusual en ella, nos observaba con una curiosidad palmaria, tanta que por un momento pensé si sabría algo de todo aquello. Me dije que era una estupidez, por muy cotilla que fuera no tenía poderes adivinatorios; simplemente le habría llamado la atención vernos aparecer tan tarde y se preguntaría dónde habríamos estado. Por suerte se limitó a mirarnos y como no dimos explicaciones a nadie, se puso las gafas de sol y se recostó.
Nos sentamos en el otro extremo de donde se hallaba ella y un poco apartadas del resto y, una vez comprobamos que todo andaba bien en el agua, nos recostamos en la grama. Me acomodé el bikini y, antes de cerrar los ojos, pensé que si nos vieran desde las alturas, la diferencia entre el tono de color de lo tapado y de lo que le daba el sol, sería como estar viendo una hamaca de rayas o una cebra, más ésta que la otra dado que estábamos en una selva a donde nadie se le ocurriría visitar. ¿Quién conocía de la existencia real de aquellos parajes? Nadie, excepto, quizá un visionario como Julio Verne con una imaginación desbordante y, por supuesto, todos nosotros.

      Si de manera habitual, Lucía Belinda se ocupaba bien poco de su aspecto, esa tarde causaba espanto y desolación. La niña dormía y ella nos abrió la puerta sin apenas levantar la cabeza y sin abrir la boca. Como siempre, me corría el sudor por el cuerpo y como siempre también, llevaba mi caja de pañuelos de papel para aquella obviedad. La tarde estaba igual que nuestros ánimos, tensa, pesada y en silencio. Apenas se oía el ruido del tráfico de la Avenida, que a aquellas horas descendía, bien porque la gente ya había terminado su día de trabajo, o simplemente para no correr el riesgo de que se les derritieran las gomas en el asfalto.  

       Lucía Belinda había dejado de llorar y la angustia que sentía había desaparecido y dado paso a un rictus, mezcla de enfado, furia y dolor. Una combinación que me causó tiritera. ¿Cuál de las tres sería peor?
En lo que Lucía Belinda servía las limonadas, pues café no le apetecía a nadie con aquel calor, me puse a leer el texto y, aunque ya sabía lo que decía, no dejó de impresionarme verlo escrito y firmado. Era como estar leyendo una sentencia de muerte.

Al igual que en la anterior ocasión en la que, sin ningún tipo de preámbulos nos confesó que no podía tener hijos, volvió a hacerlo de la misma manera para hablar del tema y, de la misma forma, me cogió con el vaso de limonada en el aire a punto de llevármela a los labios. Esta vez, por el contrario, sorbí un poquito y la degusté con calma, quizá porque lo que se ve o se oye por vez primera asombra pero la segunda no.

-Todavía no sé de qué forma voy a decírselo, pero sí de cómo resolverlo, dijo con voz firme y suave. Diría que con pasmosa calma y frialdad. -Al fin y al cabo, no tendrá justificación alguna, no caben argumentos exculpatorios, no existen, en realidad.
- ¿No estabas con él en la consulta el día que le dieron este informe?, preguntó Angélica.
- ¡Claro que estaba!, pero el médico se limitó a decirnos que lo sentía y que no había nada que se pudiera hacer, respondió airada. –Di por hecho que se refería a mí, puesto que me habían dicho que tenía quistes en los ovarios y Emilio apenas preguntó nada más. Me obligó a levantarme y agarrándome por el brazo me empujó fuera del despacho sin darme tiempo a preguntarle al médico cualquier cosa que pudiera darnos una esperanza al menos. Salí de allí con un grado de culpabilidad tal que solo pensaba en cómo resarcirlo ante tamaña decepción además de desesperada y angustiada porque podía perderlo. Anhelaba un hijo más de lo que me quería a mí y yo no podía dárselo. ¡Y ahora resulta que no se refería a mí sino a él, él es el que no puede tener hijos! ¿Por qué, por qué no me dijo la verdad? Preguntó con tono de desespero en la voz.
- Siento decírtelo, querida, respondió Angélica, -lo hizo porque las personas como él creen que los demás, en este caso tú, harían lo mismo que él, dejarle. Y, por descontado asumió que se lo contarías a todo el mundo, con lo que, en su mezquina mente su virilidad quedaría en entredicho. Es lo que él hubiera hecho y por tanto no esperaba menos de ti. Son los peores conocedores de la naturaleza humana, solo se quieren a sí mismos y hacer frente a la verdad y vivir con ella no entra en sus esquemas de vida, por eso es lo último que quieren oír. Por eso escondió el informe, por eso no te dejó hablar con el médico y por eso te dejó convencida del engaño y se limitó a adoptar el papel de marido decepcionado que, a su pesar, pero con grandeza de espíritu, se esforzaría por continuar a tu lado. Un chantaje vil, rastrero, vulgar y cruel.
-¿Virilidad en entredicho?, ¿Qué tiene que ver eso con la esterilidad? ¿Tan torpe y estúpido es como para no ver la diferencia? ¿Acaso yo iba a ser menos mujer por no poder tener hijos? , preguntó con voz histérica.
-Pues sí, contestó Angélica, con voz pausada y tranquila. -Desde su perspectiva así es, una mujer que no puede tener hijos no es una mujer completa.
-No es posible que lo digas en serio, ¿entonces, las que eligen no tenerlos pudiendo, qué? ¿Son desequilibradas, están locas?…contestó casi a gritos 
-Por supuesto que no, aunque no sé lo que pensará al respecto, probablemente no existirán para él, o es una opción que no se le pasa por la cabeza. Son esas cosas que se oyen y suceden en otros lugares que nada tienen que ver con el mundo civilizado en el que él tiene la suerte de vivir, mujeres de películas, de cartón piedra o vete a saber qué.
     
A esas alturas de la conversación en la que me había limitado a oír con atención a ambas sin abrir la boca, mi razonamiento de los hechos me habían llevado hacia otros derroteros un tanto espinosos, que no tenía muy claro si debía comentar en ese momento o no. El silencio que se hizo después de aquellas explosiones sentimentales me empujaron a hacerlo, más por cortar la tensión del ambiente o sencillamente porque creo que esperaban que dijera alguna cosa.

-¿Has pensado en si Nuria y Eligio saben algo de todo esto?, pregunté con calma. –Es su clínica, Emilio es amigo y hablan con frecuencia, no creo yo que lo ignore y si éste lo sabe ten por seguro que Nuria también.
-Ya he pensado en todo eso. Que lo sabe es seguro y ahora me explico muchos de sus comentarios y sobre todo de cuánto le habrá costado estarse callada. Aunque eso no es mérito suyo sino un imperativo legal. Como médico Eligio no puede revelar el diagnóstico de un paciente sin su autorización porque se expone a una demanda que podría costarle la licencia. El cotilleo vale, pero no puede traspasar ciertos límites, contestó Lucía Belinda.
- Cierto, pero ahora puede que lo haga. Dependerá mucho de la decisión que tomes y de cómo la lleves a cabo.
- Lo sé, también he pensado en ello. Por eso iré a hablar con Eligio a su despacho mañana mismo, pero antes iré al ginecólogo que nos atendió.
- ¿No vas a decirle nada a Emilio esta noche?, preguntó Angélica
- No. Si quiero hacer las cosas bien, debo empezar por el principio y una vez tenga todos los datos sin fisuras, será el momento de concluirlo. No quiero una discusión histérica, ni llantos de angustias, ni nada por el estilo; quiero decírselo de manera incontestable, sin que pueda argumentar nada, ni darme explicaciones del por qué. Solo quiero informarle de lo que voy a hacer y luego me iré. Eso es todo.
-Va a ser difícil disimular un estado de ánimo como el tuyo, le dije
-No sabes de que soy capaz cuando me ponen en una situación límite. Como todo el mundo, supongo. Aguantaré los días que hagan falta con la misma sintonía de siempre, que no serán muchos, te lo aseguro.    

      No todo el mundo siente lo mismo por una misma cosa. Aquella tarde, mi vista se sintió atrapada por las extraordinarias orquídeas con los pétalos abiertos agarradas al único árbol del jardín de Lucía Belinda; una mancha de colores vivos y de distintas especies pugnando por sobresalir y competir entre ellas. La gente las admiraba como el culmen de la belleza floral y sin embargo a mí me parecían que no eran flores como las demás; tenían algo de salvaje, de presumidas y de vanidosas, ajenas a todo lo que no fueran ellas y su belleza. Tantos colores y formas me recordaban a las salamandras. Por una vez me detuve a observarlas con atención y sentí la desagradable sensación de que se reían de la fealdad de lo que las rodeaba como si ellas no fueran a morir nunca o a sufrir como los demás. Esa impresión fue la que se me grabó aquella tarde y que siempre asocio con una catástrofe.   
 
 
              















martes, 3 de diciembre de 2013

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (8)


Capítulo 8.-

Los días sucesivos los vivimos con la resaca de la aventura en el río en forma de noticias de todos los periódicos. El hecho de que se hubiese podido recuperar a un grupo de gente sin bajas, en un islote en medio del río a doscientos metros de una catarata, era tan inusual que causó la atención y el asombro de todo el país. Yo me encargué de recopilar los artículos y de ir informando a los demás. No obstante, la mayoría no quería ni oír hablar de lo que había sucedido. Pensar en lo que podría haber pasado de no haber actuado como lo hicimos era motivo de angustia y de enfado para la mayoría, en especial para los hombres que, a partir de aquel momento, trazaron una línea entre Emilio y ellos que no estaban dispuestos a cruzar. En cambio éste, narraba el hecho a todo aquel que quisiera oírle como una diversión y una aventura maravillosa que se saldó sin problemas.

Lucía Belinda fue informada con detalle de todo lo sucedido por Angélica y por mí nada más aterrizar en su casa. Se mostró furiosa pero no sorprendida, el carácter irresponsable de Emilio lo vivía ella a diario que se esforzaba continuamente en tapar sus locuras para evitar que diera rienda suelta a sus disparates. Se confirmaban sus temores con respecto a él, ya que bastó que ella se marchara, para que sucediera lo que habíamos vivido en el río.

La dureza de aquel lugar te empujaba a hacer y decir cosas que nunca antes te habrías imaginado ni planteado, por eso, ajena a los sentimientos de desdén de la mayoría, yo insistía en sacarle partido a lo sucedido en el río en un intento de mantenerlos a todos con el ánimo en alto y, que el recuerdo de los acontecimientos nos mantuviera cuerdos y despiertos para evitar que la rutina volviera a asentarse en nuestra vida diaria. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos y como todo tiene un final, la aventura del río también acabó por morir sin que a nadie le apeteciera volver a hablar de ella.
Me he dado cuenta, a medida que rememoro los acontecimientos de aquella época, que la mente juega una partida por su cuenta, al menos la mía. Me refiero a que no recuerdo de manera fiel el pasado, salvo momentos puntuales y especiales que se grabaron en mi interior de manera misteriosa; algunos, angustiosos y traumáticos que, por alguna razón que ignoro, se clavaron en mi subconsciente y, una mayoría, buenos y agradables, como si mi naturaleza quisiera compensar el desagrado de los primeros. Los buenos ejercen una gran presión por lo que tengo que hacer un esfuerzo para encajarlos con los malos y conseguir que el pasado recobre el sentido y la coherencia que tuvo en su momento. No obstante, es una tarea complicada.

La llegada de febrero trajo consigo el primer cambio significativo de otros que vendrían a continuación. La primera semana de ese mes, Lucía Belinda recibió la tan ansiada llamada del orfelinato. La directora del centro en persona, le daba un plazo de dos días para presentarse en el mismo, firmar toda la documentación y recoger a la criatura que le habían dado en adopción, una niña. Fue un caos emocional para ella y para nosotras. Ya no había marcha atrás, la espera se había convertido en realidad y Lucía Belinda, una vez hubo cortado la comunicación, se debatía entre la alegría y el temor mientras se estrujaba las manos y balbuceaba palabras y frases inconexas fruto de su estado de ánimo. No quiso llamar a Emilio para darle la noticia, prefirió esperar a que llegara del trabajo y hacerlo en persona; por lo tanto, no puedo dar fe de cuál fue su reacción y tengo que creer lo que ella nos dijo: “Está tan ilusionado como yo y nos vamos mañana sin falta, a recoger a la niña”. ¿Por qué no le creímos? Yo no sabría decir por qué, lo cierto es que, tanto Angélica como yo, dudábamos de ese entusiasmo.
Fuera como fuese, la presencia de la niña supuso todo un acontecimiento y al mismo tiempo un testimonio real de lo que sucede en los centros de adopción. Tenía siete meses y aunque no padecía enfermedad física alguna, su desarrollo dejaba mucho que desear. Lo primero que se apreciaba nada más verla era la piel cetrina y pálida por falta de sol y de aire; los ojos, grandes, marrones, vacíos, sin expresividad ni energía miraban sin ver y la boca permanecía cerrada sin mostrar emoción alguna. Cuatro clinejas rubias, resecas y faltas de vida, cubrían su cabeza achatada como consecuencia de una misma y continuada postura en la cuna. Carecía de fuerza física por lo que era incapaz de sentarse, de mover las manos, de reír o de llorar. Era como si estuviese bajo los efectos de una droga. No obstante, nos abstuvimos de decir nada al respecto y nos mostramos tan encantadas como Lucía Belinda. Tengo que reconocer que yo no me vi con la suficiente energía para embarcarme en la lucha de sacar adelante a aquella niña, me resultaba deprimente; me faltaban fuerzas para seguir sumando desgracias a la que ya me parecía que era la mayor de todas: vivir vegetando en aquel lugar. En cambio, Angélica, se lanzó de cabeza en su recuperación como si se tratara de una investigación de campo; no le faltaba sino anotar los resultados que se iban operando en la criatura conforme pasaban los días. Recuerdo que siempre decía que era más fácil criar a un niño que atender a un adulto y hoy tengo que reconocer que había mucha verdad en ello. No le pesaban los hijos, de hecho, confesó en más de una ocasión que, de haber tenido una pareja adecuada, habría tenido unos cuantos más. Y le creí, al fin y al cabo lo demostraba a diario; tenía tiempo para todo, para atender la casa, a los hijos al marido y a sí misma. ¿Cómo lo hacía? No lo sé, ni lo sabré jamás, pero me asombraba esa enorme capacidad de trabajo sin que se notara. Ayudaba a sus hijos a hacer las tareas del colegio, les contaba historias un rato antes del baño para relajarlos de la excitación con la que llegaban de jugar, y convertía esa obligación en una diversión de unos minutos dentro de la bañera. A la hora de comer no se desesperaba, las niñas comían como leonas cualquier cosa que se les pusiera delante, en cambio el varón era más impertinente ante determinadas comidas pero no le causaba ningún desaliento, no le concedía demasiada importancia, lo solucionaba adornando la comida de tal manera que el niño se la tragaba sin hacerle mucho asco. Esa capacidad de adaptación y de hacer fácil lo que en principio era difícil lo envidiaba pues yo, teniendo solo uno, me faltaba paciencia para atenderlo con esa eficacia. Con el paso del tiempo, he comprendido que la capacidad de organización y administración del tiempo y de los recursos es un don como cualquier otro que yo no tengo.

El otro acontecimiento fue la llegada de las lluvias. Antes de ir al país y a esa zona, todos nos habíamos documentado acerca de lo que nos esperaba, de modo que estuviéramos preparados lo mejor posible. Sin embargo, una cosa es lo que se lee y otra muy distinta tener la experiencia real, auténtica y fidedigna de un hecho. Nuestro concepto de llover nada tiene que ver con la del trópico. La lluvia en Europa va asociada a una bajada de las temperaturas, a una humedad acorde con todo el fenómeno atmosférico, es un todo armónico y coherente. La gente se pone abrigos, gorros y bufandas; echa vahos por la boca y camina con la cabeza gacha para evitar el aire gélido en la cara y  hunde los pies en la nieve, agua o hielo con calzados apropiados. En cambio en el Trópico, la naturaleza tiene otras reglas muy distintas que, vistas desde nuestra perspectiva nos parecen inhumanas. El día que comenzó a llover, no hubo nada diferente que lo anunciara, excepto, un ligero descenso del calor. La mañana discurrió tranquila, con un sol tímido y menos luminoso que de costumbre pero el grado de humedad era intolerable. Las manos y los pies supuraban agua como las llagas de un apestado. La cara y las axilas destilaban sudor sin parar y los brazos y las piernas daban la sensación de tener pegamento. Recuerdo que estaba en la cocina junto con la chica de servicio que se afanaba en secar y guardar la loza del mediodía mientras yo, sentada en una silla, observaba, a través de la ventana alargada de la estancia, como el cielo iba oscureciéndose al mismo tiempo que los ruidos naturales del entorno se apagaban hasta alcanzar un silencio brutal. No se oía el canto de ningún pájaro, ni los gritos de los loros reales o de los guacamayos de los vecinos que los tenían de mascotas, tan habituales a esa hora y, hasta el ruido de los coches en la carretera se apagó de golpe. La joven que continuaba con su quehacer, se mantenía callada y sumida en su trabajo sin tararerar ni hacer comentarios, como solía en ocasiones. Me levanté de la silla y salí hasta la terraza sin dejar de abanicarme. En el momento de apoyar las manos en la baranda, la luz electrizante de un rayo que atravesaba zigzageando la capa del cielo me sobresaltó y, a continuación, el pavoroso tronar procedente de todos lados me hizo lanzar un grito de pánico. La chica salió de la cocina a ver qué pasaba. Era colombiana, como la gran mayoría de aquella zona, mulata, de facciones mixtas y poco agraciada. Lo que la hacía agradable era su carácter, desenfadado y vitalista. Había pasado tantas penurias en su tierra que consideraba un privilegio estar donde estaba y hacer lo que hacía.
-No tenga miedo, señora, solo va a llover. El agua llegará como en media hora.
-¿Cómo dices? ¿Cómo sabes eso?
-Mire hacia el horizonte, dijo, ¿qué ve?
Volví la cabeza y escudriñé el cielo hasta donde la vista me alcanzaba. Solo aprecié una oscuridad total, una negrura profunda que abarcaba una enorme distancia en sentido longitudinal sin llegar al suelo. Una pared inmensa flotando en el aire que se iba aproximando a gran velocidad. Me recordó a los fantasmas de los cuentos.
-No creo que dure mucho, pero habrá que cerrar las ventanas y las puertas de la terraza si no quiere que se moje toda la casa. Según acabó de decir aquellas palabras, se dirigió a todas las habitaciones.
-Entre y cierre las puertas de la terraza, exclamó desde dentro.
Estaba tan fascinada por la visión de aquel fenómeno que no podía apartar la vista. Sus palabras me hicieron reaccionar y, sin dejar de mirar, cerré las puertas y me quedé tras los cristales viendo como avanzaba la pared de agua. Las primeras gotas, gordas como piedras de granizo, golpearon con fuerza en el piso y en los cristales de la terraza. Di un paso atrás sobresaltada. Aún quedaba un trecho para que llegara.
-No se asuste, siempre es así; cuando falta poco para que descargue, manda por delante los goterones que ve. La chica estaba a mi lado, ambas de pie mirando hacia fuera. Yo hipnotizada y asustada, incapaz de moverme y ella con la mirada indiferente y sabia de quien ha nacido y se ha criado con ese fenómeno. No sabía lo que era llover hasta entonces. Una hora larga sin parar y con la misma intensidad. A través de los cristales observaba fascinada y con aprensión como se llenaba la terraza de agua. Diez centímetros, quince, veinte, hasta alcanzar el primer escalón. El tubo de desagüe era a todas luces insuficiente para evacuar aquella cantidad de agua. Me dije que allí hacían falta un par de gárgolas catedralicias. La carretera que se divisaba desde uno de los dormitorios semejaba un caudaloso río. Las aceras habían desaparecido y el agua caía sobre los solares vacíos convirtiéndolos en lagunas a las que solo les faltaban los cisnes y los patos. De repente, la lluvia paró en seco, el sol comenzó a aparecer tras las últimas nubes, comedido y prudente y todo terminó.
-Mañana volverá a llover, aunque empezará media hora más tarde y durante más tiempo, dijo la chica. Me quedé mirándola a la espera de que explicara sus palabras pero se limitó a decir: “siempre es así, media hora más tarde que el día anterior hasta que termina la época de lluvias”.
¿Quién necesita un meteorólogo ante un nativo que lleva impregnado en sus genes cuándo y cómo sucederán los cambios climáticos de la tierra en la que ha nacido? Tal y como había predicho así continuó la época de lluvias. Los solares vacíos absorbían el agua con avidez, las plantas se multiplicaban por diez en tamaño y en número, los insectos daban miedo porque te miraban retadores. Las bandadas de mosquitos formaban nubecillas negras atacando sin piedad a todo ser vivo de dos piernas. Las cucarachas que yo conocía desde siempre me daban asco y me repelían pero las que vi una de esas mañanas en la época de lluvias las llevo grabadas en la retina porque superaban cualquier esfuerzo de imaginación. Tenían unos diez centímetros y caminaban a decenas, reptando con lentitud por los alrededores de un centro comercial en medio de la indiferencia de la gente y de mis gritos histéricos ante aquella visión insólita. Me explicaron que eran inofensivas, que eran como los grillos o los saltamontes, pero aquellas alas negras pegadas a un cuerpo de pequeñas patas caminando lentamente, sin prisas, alrededor de los setos del centro comercial era una visión superior a mi capacidad de aguante. Hay quien se acostumbra a casi todo, incluso a lo más desagradable. Yo no pude hacerlo. Las hormigas de cabeza y cuerpo rojo que afloraban por todos sitios, te miraban, te observaban y te amenazaban con las patas en alto y si alguna lograba colarse en la pierna no se limitaba a lanzarte una picadura sino a hincarte un mordisco. Uno de esos días de lluvia, en que únicamente podías mirar a través de los cristales de la ventana esperando a que amainara, descubrimos que un ratón se había colado en la casa. La chica de servicio, me decía que había que matarlo como fuera porque si no “echaría crías”; que cuando un ratón se encuentra cómodo no está dispuesto a marcharse. Mi pánico no era tanto por el ratón en sí, como por saber de qué modo había llegado hasta allí. “Por la pared del edificio y viene de los jardines de la piscina”. Aquella certeza me dejó alarmada y preocupada ya que la pared era lisa, sin molduras ni recovecos como moderno que era, no me explicaba de qué manera había podido trepar. Lo que sé es que mientras yo me encerraba en la terraza, ella, armada con el palo del cepillo de barrer, que apenas se usaba pues en su lugar se empleaba la aspiradora, comenzó a hostigarlo hasta que logró hacerlo salir de debajo de un mueble donde se había atrincherado para salir, a toda velocidad, a refugiarse bajo la mesa de la cocina, adosada a la pared de azulejos. Armándome de valor, me acerqué y vi al roedor, del tamaño de un gato mediano y de cola enorme pegado a la esquina que, puesto en pie sobre las dos patas traseras movía las delanteras en el aire mientras chillaba y nos miraba con furia descontrolada. Era una visión espeluznante. Cuando la chica ya se disponía a atravesarlo con la punta del palo, llegó mi marido que se hizo cargo de la estrategia para eliminar a un enemigo que nos tenía aterrorizadas. Con una frialdad que agradecí como nunca, cogió un cable de electricidad y por un extremo separó los dos tubos, quitó la protección del plástico unos dos centímetros dejando el hilo de cobre a la vista y, por el otro lado, lo enchufó a la corriente. A continuación, muy despacio, empujó el cable con la mortífera punta bicéfala hasta quedar a pocos centímetros de las patas traseras del animal. Luego hizo que todo el mundo se callara y, ante el súbito silencio, el animal dejó de gritar y confiado e ignorante de lo que le esperaba bajó las patas delanteras posando su abultado vientre sobre los cables pelados. Emitió un gritito, como un ¡ay! y murió electrocutado. 

Cuando les contaba estas vicisitudes a Lucía Belinda y a Angélica provocaba en ellas hilaridad descontrolada y risas atragantadas con lágrimas incluidas. A mí no me hacía ni pizca de gracia, me sentía horrorizada, pero ellas se las tomaban como el mejor chiste del mundo.

Los meses de lluvia, humedad altisima, exuberancia vegetal y presencia de toda clase de bichos para los que no existían soluciones, salvo conformidad y paciencia, coincidieron con la crianza y recuperación de la niña de Lucía Belinda que seguía al pie de la letra las instrucciones del pediatra y las de Angélica. El cambio operado día a día se podía tocar. En breves semanas comenzó a comer todo lo que se le cocinaba y los paseos diarios en el cochecito, cuando paraba de llover y salía de nuevo el sol, le hicieron perder el color aceitunado de la piel hasta convertirlo en un color dorado y luminoso. Los ojos cobraron expresividad perdiendo el aspecto vacuno y saltón que tenían, el pelo le crecía con fuerza y en abundancia brillando de manera natural y, lo mejor, su respuesta ante las carantoñas, juguetes, risas y alegría en una criatura que yo no creí que reaccionara de aquella manera después de haber visto como estaba meses atrás.

Una mañana, mientras Lucía Belinda preparaba a la niña para su paseo matinal, Angélica la miraba de manera analítica y muy seria. Creí que estaba viendo algún problema en ella y, curiosa, pregunté que qué pasaba. “No, no es nada, solo pensaba que le falta algo esencial y pienso corregirlo hoy mismo”. Lucía Belinda y yo nos quedamos mirándola a la espera de que continuara y nos dijera qué era aquello que le faltaba a la niña pero solo sonrió y dijo: “Ya lo verán después”. Nos encogimos de hombros y no insistimos, sabíamos que no iba a aclarar sus misteriosas palabras sino cuando ella estuviera dispuesta. La respuesta, no obstante, no se hizo esperar y sobre las cinco de la tarde me llamaron para que bajara a casa de Lucía Belinda. Yo había olvidado las enigmáticas palabras de Angélica de la mañana ya que estaba enfrascada en la preocupación que se me había metido en el cuerpo: sobrevivir a aquella pesadilla de lugar, y, cualquier otra cosa carecía de importancia y quedaba en el olvido de inmediato. Por tanto, no asocié la llamada con nada en especial salvo la de tomar café, como casi siempre. Sin embargo, en lugar de ir hacia la terraza, como era habitual, Lucía Belinda me hizo pasar al dormitorio. En él se encontraba Angélica con la niña en la cama, riendo y moviendo las manitas. Me senté en el sofá orejero frente a la cama y me quedé viéndolas, contenta por Lucía Belinda que irradiaba una felicidad palpable observando arrobada a su hija. Momentos después, Angélica dejó a la niña, se acercó hasta la cómoda y cogió una cajita miniatura de joyería. La abrió y nos enseñó su contenido. Dos pequeñas dormilonas de oro descansaban sobre un colchón de algodón. “Vamos a darle el toque final a esta preciosidad, se lo ha ganado” Agarró una de las bolitas, desinfectó bien el pincho con un algodón empapado de alcohol y, con destreza, lo clavó en el lóbulo de la orejita derecha de la niña que, sorprendida por el dolor, abrió mucho los ojos rompiendo a llorar a berrido limpio. Lucía Belinda quiso cogerla en brazos y consolarla pero Angélica la detuvo “No la cojas todavía, voy a abrirle la otra. Es mejor de una vez, como lo hacen las monjas y las enfermeras en las clínicas. Así se lo hicieron a mis hijas”. Armada con la segunda bolita la intentó clavar en el otro lóbulo pero por algún motivo no pudo traspasar la carne. Sin conmoverse, lo volvió a intentar y esta vez sí lo consiguió. A todas estas, la niña gritaba y pataleaba de dolor causando en Lucía Belinda una angustia tal que tuvo que salir de la habitación tapándose los oídos. Cuando hubo terminado la operación estética, Angélica la llamó para que entrara y, levantándola de la cama, se la entregó a la madre que, con ojos llorosos como los de la cría, la cogió en brazos consolándola con palabras cariñosas y besándola sin parar. Entretanto, Angélica, sudorosa y satisfecha por haber conseguido su objetivo, me miró con una franca sonrisa, enseñando aquella dentadura que tenía rozando la perfección y sin inmutarse por el eco de los lloros de la criatura, cogió el frasco de agua oxigenada, empapó dos trozos de algodón y se los puso en las orejitas que apenas habían soltado unas gotitas de sangre. “Mantenlos un poco aunque le duela, hay que evitar que se le infecten. Se lo haces dos veces al día. Verás que cicatrizarán muy rápido.” Luego, como si lo que había hecho necesitase de una explicación comentó: “Antes que Historia, quise estudiar medicina, me iba lo de cirujano pero no las mates, ni la química ni la física, así que tuve que desistir”.
Ya sé que es una práctica habitual y que no tiene ninguna trascendencia, pero como nunca lo había visto hacer hasta entonces, me impresionó. Me dije que si aquello me había impactado cómo sería contemplar una ablación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y hube de sobreponerme para no llorar. Di gracias al cielo por haber nacido en un país y en un continente donde la única agresión física al cuerpo de una niña era la de abrirle unos agujeritos en las orejas y a una edad en la que en pocos días se curaría. “Hasta en eso el hombre tiene suerte”, pensé con un leve rencor.

Paralelamente al cambio de vida que había supuesto para Lucía Belinda la llegada y crianza de su hija, Angélica estaba padeciendo la decisión de su marido de dejar su trabajo como asalariado y convertirse en empresario de la construcción. Había formado una sociedad con un par de técnicos amigos y se encontraba inmerso en sacarla adelante. Abrió una oficina enorme, con secretaria particular y varios auxiliares en el centro comercial que acababa de inaugurarse cruzando dos avenidas más allá de donde vivíamos, por lo que se podía ir andando, aunque nunca lo vi hacerlo, siempre iba en coche; no así hasta donde se estaban construyendo los edificios que habían conseguido como primera obra de la constructora, un lugar de la zona bastante alejado. Angélica era una pared en lo referente a comentar cualquier cosa que se refiriera a Julio; por lo general se limitaba a frases cortas que no daban pie a continuar con el tema. No obstante, su actitud, cambiante a lo largo de aquellos meses, era más elocuente que las posibles explicaciones que pudiera dar.

Pocas veces podía darme la satisfacción de sentir admiración tranquila por algo de lo que estaba a mi alrededor, todo era “demasiado”, demasiado grande, demasiado calor, demasiada humedad, demasiado hablador; en fin, todo me parecía excesivo en aquel lugar, no había moderación ni recato. Las fuerzas de la naturaleza estaban desatadas en todo su esplendor constantemente y eso me agotaba. Llegué a la conclusión de que me había convertido en un ser resentido por casi todo. Una mañana, que no me apetecía bajar al césped, me escurrí como un gato dentro del coche y sin saber por qué ni cómo, me vi cruzando el puente de la margen izquierda. El autobús del colegio se había llevado a mi hijo y no me apetecía desayunar. Había cogido las llaves del coche y le dejé dicho a la chica que iba hasta el vivero a ver qué plantas nuevas habían llegado. Fue la excusa que se me pasó por la cabeza y no esperé a oír su contestación.

Apenas conocía aquella zona, salvo dos o tres calles y poco más, pero mi estado de ánimo de aquella mañana me llevó hasta allí y siguiendo ese impulso aparqué el coche junto a otros en un pequeño recodo que luego me sería fácil para maniobrar en dirección contraria.

Me había puesto mi gorra roja con visera y las gafas de sol que ya eran parte de mi físico, hasta el punto de que a veces olvidaba cómo eran mis ojos al natural. No sé por qué se me pasó aquella idea por la cabeza, pero me hizo recordar que en algún lugar tenía un neceser con pinturas y maquillaje traídos al llegar allí y que, a aquellas alturas, ya estarían caducadas. No recordaba haber usado nada de aquello, ni siquiera se me había pasado por la cabeza. Solo pensar en embadurnarme de maquillaje, polvos de ojos o rimmel para las pestañas se me erizaban los pelos de la nuca. Se me apareció una imagen bastante ridícula que me hizo reír como una tonta: Un ventilador en el tocador secándome el sudor de la cara mientras delineaba el ojo con eye liner de brocha, para la que había que tener un pulso exquisito, destreza que había perdido totalmente como otras tantas cosas que apenas o nada tenían importancia en aquel lugar. ¡Pero si hasta el color rosado de mi piel había desaparecido! Ahora estaba morena como nunca jamás creí que pudiera llegar a estarlo. No obstante, era un color bonito, no era aceitunado ni moreno cerrado, era dorado lo que resaltaba el color azul de mis ojos y el rubio de mi pelo. No estaba mal, me dije, justa compensación a tanto exceso.

Después de callejear un rato por aquellos caminos, me sorprendí en lo que me pareció el núcleo central del pueblo. Una pequeña plaza, abarrotada de puestos y tenderetes de comida la rodeaban y ya había bastante gente ante ellos consumiendo y hablando sin parar. A pesar de la discreción de mi atuendo, más de una persona se quedaba mirándome, pero pienso que era más por ser una extraña que por cómo iba vestida. Visualicé la plaza para orientarme desde una de las esquinas de la misma, percatándome de que allí todo el mundo se conocía, al menos esa fue mi impresión. Se saludaban con grandes aspavientos o reían abiertamente contándose cosas unos a otros mientras comían o compraban todo tipo de comestibles: verduras, carnes, frutas…Muchas mujeres en ese ajetreo y pocos hombres a la vista. Supuse que estarían en sus trabajos, de hecho la mayoría de los que despachaban lo eran. Los olores se mezclaban de un puesto a otro sin definición, excepto delante del de carnes, pero incluso allí terminabas por no diferenciarlo ante el tufo de aceite hirviendo que emanaba del puesto de al lado.

No había desayunado, así que mi estómago empezó a protestar. Logré colarme en un tenderete, detrás de cuyo mostrador, una nevera de helados, se hallaba una mujer de mediana edad, con los rasgos de cientos de cruces genéticos cuyo resultado eran las facciones tan características en el país. La piel era de color tostado oscuro, nariz y boca negroide, pelo negro liso indio y ojos medio verdosos con rayitas negras, de algún cruce ancestral con algún blanco, semejante a los de un gato semidormido. Vendía empanadas de carne mechada y de queso blanco. Le pedí una de queso y un café con leche que me sirvió en un vaso de plástico sacado de una bolsa. Su atuendo no lo recuerdo, pero si se me grabó la sensación agradable de estar limpio. El pelo corto, negro y liso se movía al vaivén de la cabeza, lo que me indicó que estaba recién lavado. No quise seguir analizando nada más y me dispuse a saborear la empanada que estaba deliciosa. El café también era fantástico, nada que ver con el café que yo tenía en casa. ¿De dónde lo sacaban? De contrabando, seguro.

-Ud. vive en el otro lado, ¿No es cierto? afirmó y preguntó al mismo tiempo.
-Sí, ¿cómo lo ha sabido? Le dije mirándola a los ojos, lo más llamativo de sus facciones.
Se echó a reír y dijo: No puede disimularlo. ¿Cuántas mujeres rubias ve por aquí como Ud.? Además viste y habla igual que la señora Angélica.
“¿La señora Angélica? ¿Qué Angélica?, la única Angélica que conocía era mí Angélica, a no ser que se refiriera a alguien que tuviera el mismo nombre y que residiera en algún otro edificio distinto al nuestro. Al fin y al cabo, había muchos. Antes de que me diera tiempo a preguntarle nada, siguió hablando con los codos apoyados en el cristal de la nevera.
-Viene dos veces a la semana a dar clases a los que no saben leer ni escribir. A mí no, yo sé, aprendí en la escuela. También sé sumar, restar y dividir. Es suficiente. No me hace falta aprender más nada a mi edad.
-Y, ¿Dónde está Angélica dando las clases?, pregunté con la mayor indiferencia que pude, mientras continuaba saboreando la empanada que ya estaba llegando a su fin.
-¿Quiere ir a verla? Tiene suerte, hoy está. Salga por la otra esquina de la plaza y continúe la calle hasta que encuentre una casa encalada con una puerta blanca. No tiene pérdida, todo es blanco.

Después de pagar eché a andar hacia donde me había indicado y a medio camino giré la cabeza para saludarla. Una sonrisa burlona y un gesto leve de la mano, sin modificar la postura reclinada en la nevera, me despidió.

El blanco en aquellas latitudes tenía muchas gradaciones y ninguna alcanzaba a lo que se consideraba blanco. Un muro sucio de tierra y una puerta de garaje del mismo tono era lo más parecido que vi. Dentro se oían voces apagadas y silencios momentáneos. Dudé un segundo y al fin toqué. Allí estaba Angélica. La sorpresa nos cogió desprevenidas a las dos, a mí porque esperaba equivocarme y a ella porque no me esperaba.
-Vaya! Sí que eres tú! Exclamé.
-Qué haces aquí y a estas horas?, respondió. Su gesto de sorpresa era mayor que el mío.
-Déjame entrar. Me acabo de enterar y tenía que comprobar que era cierto.
Unas cuantas mesas de madera y siete personas de distintas edades nos observaban con curiosidad. Cuando mis ojos se adaptaron a la luz interior constaté que había uno más. No lo aprecié de entrada porque era más oscuro que la conciencia y el único hombre de la clase. Debía tener alrededor de los treinta y cinco años pero aparentaba tener más.
-Desde cuándo haces esto? Pregunté en un aparte.
-Hace un mes, más o menos, contestó. Dos veces a la semana
-No lo entiendo. Te propusieron dar clases en el Colegio Americano y lo rechazaste y ahora te veo aquí enseñando a leer y a escribir. ¿Por qué?
-¿Por qué, qué? Dijo echando hacia atrás la cabeza. -Ni yo misma lo sé. Fue un impulso. Un día vine, como has hecho tú hoy, y sin saber muy bien cómo, me vi haciendo esto. Ni siquiera sé cuánto tiempo seguiré, no mucho me temo, pero me distrae y es un reto.
-Quién más lo sabe?
-Nadie, ni Lucía Belinda.
-Vaya, sí que ha sido una sorpresa! Mira, te voy a esperar afuera a que termines; en la plaza. Luego me cuentas.
-De acuerdo. Media hora y salgo.

En ocasiones creemos no saber el por qué de nuestras acciones o decisiones, pero no es cierto. Lo sabemos muy bien, lo que sucede es que es más fácil no pensar en ello, bien porque nos devuelve una realidad sobre nosotros mismos que no nos agrada demasiado, o porque reconocerlo conlleva la responsabilidad de la certeza, una losa difícil de soportar. Muchas personas prefieren dejarse llevar sin interiorizar el por qué de sus acciones, de esa forma crean una situación ilusoria de bienestar y complacencia de sí mismos que dura el tiempo que tarda el subconsciente en decir: “basta, esto no es verdad”.
Angélica era demasiado inteligente para ignorar o engañarse acerca de su vida con Julio, era muy consciente de ello, pero necesitaba ese tiempo de visión ilusoria para desconectar de los problemas y encontrar una salida airosa, para ella y sus hijos. Ocupar su tiempo libre en tareas como dar clases a adultos le proporcionaba la capacidad de pensar sin presiones, de buscar soluciones.

-Ser un empresario es algo muy complicado, querida, me contestó a mi pregunta de qué estaba pasando en su matrimonio. Un profesional en cierto modo es un intelectual y, como tal, tiene unas directrices y unas metas bien definidas. Un empresario no. Un empresario y sobre todo un gran empresario de éxito tiene de todo menos método. Es un pirata, un desalmado, un ser equilibrado, suspicaz y confiado, libre y atado, dedicado y serio, hablador y mudo, un lince para las oportunidades, carente de modales y al mismo tiempo los tiene todos; encantador con las personas que le interesan y despiadado con los que le estorban; humanitario si eso redunda en el negocio y desinteresado por el dolor ajeno. Un ignorante intelectual y un conocedor de la naturaleza humana insuperable. Algunos de los grandes empresarios que conocemos no sabían leer ni escribir cuando empezaron a forjar su destino. Esas contradicciones y muchas más, las reúne un empresario de éxito. ¿Cuántos hay en este mundo que cumplan con estos requisitos? Muy pocos. Nace uno en cada siglo, los demás aspirantes se quedan en lo que llamamos pequeños empresarios. Cumplen con su misión y hacen una gran labor en el engranaje de la sociedad pero no alcanzan el estatus de gran empresario. Mi marido ni siquiera se encuentra entre los primeros. Hace los negocios con la imaginación; las grandes cifras de beneficios que debe generarle la empresa son el resultado de creer que eso es lo que tiene que ser, que así debe marchar el negocio, sin tropiezos, sin eventualidades, sin problemas que resolver. El funcionamiento del mismo está pensado y llevado al papel y nada ni nadie pueden cambiarlo. Si surge algo diferente es un estorbo, un escollo indeseable en lo que no hay que pensar. Ya veremos qué hacer en su momento. ¿Para qué pensar en ello ahora? ¿Cómo crees que se puede planificar una familia con un hombre así? De qué manera encuentras el equilibrio necesario para compaginar matrimonio, educación y crianza de los hijos y no anularte como persona y como profesional? Porque yo soy una intelectual, una profesional. No soy una empresaria, no compro ni vendo nada, no tengo cualidades para eso. Pero sí sé que puedo aportar algo interesante a la humanidad que puede ser considerado inútil desde la perspectiva del mundo de los negocios, pero útil, diría que utilísimo para el desarrollo de la creatividad. He pensado mucho en ello. Es cierto que el conocimiento ancestral de comprar y vender se remonta a los comienzos de la humanidad, pero qué comprar y qué vender lo crean las mentes pensantes, las mentes con conocimientos intelectuales y los científicos. Los profesionales que imparten los conocimientos van delante como los zapadores en una guerra, preparando el terreno, abonándolo lo suficiente para convertir en seres pensantes, en creadores y plasmadores de nuevas ideas a los hijos de los hijos. Y atrás, las grandes palabras, los científicos y los investigadores, pacientes y mal pagados, obsesionados por descubrir las claves de tal o cual misterio. Algunos lo consiguen en vida, otros mueren con el desencanto de no haberlo logrado, pero todos han sentido la satisfacción de haber trabajado en la creencia de haber cumplido con el verdadero carácter de su naturaleza animal: pensar y crear, de la misma manera que los felinos cumplen con la suya de depredadores. Tanto unos como otros persiguen lo mismo, mejorar la raza, la estirpe. Los resultados finales son recogidos de inmediato por los que conocemos como empresarios cuyas mentes funcionan en base a la utilidad inmediata, en la generación de beneficios, en el placer de ganar dinero y en amontonarlo en los bancos como tarjetas de visitas privilegiadas. Es una manera de ser y una manera de vivir que acepto porque he comprobado cuán necesarios son, pero mis hemisferios cerebrales están a años luz de ese proceso. Julio, no es un gran empresario, ni empresario, ni profesional. Ni siquiera es listo, solo es un oportunista. Querida, no tengo tres hijos, tengo cuatro y uno de ellos es un verdadero dolor de cabeza, por no decir algo peor. He ahí lo que sucede en mi matrimonio. Si crees que es poco, puedo continuar, dijo con un deje de desencanto en la voz y mirando al frente. Aunque es tan vulgar que te asquearía y por otro lado ya lo sabes.
Desde luego que sí lo sabía. Y sí, era una vulgaridad. Los amores adúlteros siempre lo son.