viernes, 16 de agosto de 2013

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (4)

Capítulo 4.-

Uno de esas mañanas, después de desayunar, Angélica y yo dejamos a los niños con las respectivas chicas de servicio y bajamos a casa de Lucía Belinda. Cuando estábamos a punto de tocar el timbre, aparecieron las dos pequeñas de Angélica suplicándole que las dejara estar con nosotras. No le quedó otro remedio que aceptarlo y entramos todas en la casa, una vez que Lucía Belinda abrió la puerta. Angélica me hizo una seña para que viera lo que hacía la pequeña nada más entrar. Todo su interés por estar allí se debía a que Lucía Belinda tenía a la entrada un mueble precioso con una casa de muñecas en cinco niveles, donde había de todo: salones, dormitorios, cocina, baños, jardín, perro y un cuarto de niños. En ese cuarto no faltaba un solo detalle, incluido un carrito de bebé con un niño miniatura dentro. La pequeña de Angélica, escudada tras nosotras, con mucho cuidado, puso su manita en el carro y comenzó a mecerlo adelante y atrás mientras, la mayor,miraba extasiada toda la casa. Angélica alargó un poco las salutaciones para que las niñas tuvieran tiempo de hacer aquello para lo que habían venido. Y es que Lucía Belinda les había llamado la atención en más de una ocasión de que, podían mirar la casita pero, no tocar los pequeños muebles de la misma porque eran muy frágiles y podían romperse con facilidad. Aún así, la pequeña no resistía la tentación de mecer aquel carrito que tanta fascinación le causaba. Una vez satisfecha la curiosidad, ambas niñas decidieron marcharse a su casa a jugar con su hermano. Las tres nos reímos del hecho, e hicimos un breve comentario acerca de la mentalidad de los niños y, de como ciertas cosas, llamaban tanto su atención, que eran capaces de inventar cualquier excusa con tal de obtenerlas.

El día, cómo no, amaneció sin una nube, el ambiente, por una vez, seco y, las hojas de los árboles que asomaban sus copas al jardín de Lucía Belinda, mostraban el mismo cansancio que nuestras articulaciones. Estábamos en plena época de lluvias, pero allí no caía una sola gota. El cielo se oscurecía paulatinamente hacia media tarde; viéndolo creías que, al fin, iba a apiadarse de aquel pueblo olvidado y descargaría un buen chaparrón. Luego, pasaba de largo, y nos dejaba a todos con la sensación de que no existíamos ni para los cielos. Las hojas de los árboles permanecían quietas y caídas protegiéndose de lo que se avecinaba. Lucía Belinda puso a funcionar un potente ventilador que, al menos, nos proporcionaba la ilusión de que respirábamos aire fresco. Como siempre, vestía uno de sus "saris", así los llamaba yo porque eran trajes sueltos y sin gracia. La desgana por todo se había asentado en su ánimo de tal modo que, había subido de peso de manera considerable. Me preguntaba a mí misma, en muchas ocasiones, si el hecho de no poder tener un hijo podía causar tantos estragos en una mujer. Digo estragos, porque había visto un álbum de fotos donde aparecía Lucía Belinda con quince kilos menos, bien vestida, muy guapa y elegante y, eran fotos de tan solo un par de años atrás, lo cual me asombraba aún más cómo, en tan poco tiempo, había alcanzado aquel sobrepeso.  

Tanto Angélica como yo, creímos que iba a comunicarnos el resultado de sus reflexiones y su decisión de adoptar de manera firme, pero nos encontramos con la noticia de que se iba al día siguiente al centro de adopciones de la capital, donde tenía una cita concertada y, Emilio la acompañaba. De modo que, poco más podíamos decir o hacer. El tiempo de reflexión lo había ocupado también en hacer las gestiones pertinentes para llevar a cabo la ansiada adopción. Nos informó de manera somera, cómo había contactado con la persona que llevaba el centro y de cómo se había puesto de acuerdo con su marido en el día y la hora para acudir a la cita. Hablamos un poco sobre diversos temas relacionados con la criatura que iba a adoptar y nos despedimos. Ya en la puerta, le entregó a Angélica una copia de la llave de su casa, por lo que pudiera pasar;  iba a aprovechar para visitar a su madre y a su hermana y no sabía cuánto tiempo estaría fuera.   

Una semana, ese fue el tiempo que estuvo Lucía Belinda en la capital y, a su regreso, nos comunicó que todo había ido bien. Habían firmado los papeles necesarios y, en el centro de adopción, les aseguraron que pronto los llamarían, seis meses a lo sumo. Lo que en Europa se convertía en un calvario, allí era más rápido que el propio embarazo. 

A partir de aquel momento, Lucía Belinda sufrió un cambio extraño. Con nosotras y, durante el tiempo que su marido permanecía en su trabajo, rezumaba alegría, ganas de vivir, de hacer cosas. No había variado su aspecto ni su peso pero sus ojos brillaban, su sonrisa era más abierta; se volvió habladora y hasta cedió con las niñas de Angélica dejándoles tocar, con mucho cuidado, los muebles y el carrito de bebé de la casita. En cambio, nada más caer la tarde y ante la inminencia de la llegada de Emilio, sus ojos se apagaban, moría su sonrisa y se encerraba en un mutismo nervioso. Luego, se marchaba a preparar la cena, si estábamos en mi casa o en la de Angélica y, si la reunión era en la suya, se ponía de pie y, con delicadeza, nos obligaba a levantarnos para acompañarnos hasta la puerta. Eran momentos de tensión, dejaba prácticamente de hablar y, con frecuencia, daba la impresión de estar en otra parte. A veces la oí murmurar como si hablara con alguien imaginario o, muy real para ella. Angélica siempre me contestaba lo mismo cuando le hacía ver lo que sucedía: "Espera querida, espera. Todavía queda trecho para saber lo que está sucediendo. No te quepa duda de que lo sabremos, pero será cuando llegue el momento. Por ahora, solo nos queda ayudarla en todo lo que podamos y en lo que ella nos deje".

Las vacaciones de verano estaban llegando a su fin y todas las madres se preparaban para el nuevo curso escolar: uniformes, libros y en algún caso,cambio de colegio, lo que mantenía ocupadas a muchas de ellas más de lo habitual por lo que, las bajadas al césped, eran más irregulares. Y eso que el calor era asfixiante y solo apetecía estar dentro del agua de la piscina. Desde mi privilegiada situación observaba los movimientos de todas ellas, incluida Lucía Belinda y Angélica. La primera seguía sin asomarse por aquel lugar y en cuanto a la segunda lo hacía cada vez que tenía un rato libre. Total, daba igual la hora. Podías bajar a darte un baño de madrugada si querías. El calor no aflojaba ni a esas horas con lo que, dormías con un ojo abierto y otro cerrado. La consecuencia era el padecimiento de un cansancio crónico en todos los que allí residíamos.Pensándolo de nuevo, creo que padecíamos, de manera crónica, de casi todo.

Uno de esos días de Septiembre, Lucía Belinda nos invitó a una merienda-cena, incluyendo a los maridos. Como siempre que había cualquier cosa que se saliera de lo habitual la invitación fue recibida como la vacuna de la malaria. No faltó nadie. Lucía Belinda se esmeró en prepararlo todo con nuestra ayuda. De la cocina se ocupó ella personalmente; nosotras  de poner la mesa, llevar las bandejas de la comida y de dejarlo todo listo para la hora prevista. Emilio estaba sumamente colaborador, dichacharachero y amable. No paró de hacer chistes y de preparar las bebidas, algo que nosotros no teníamos idea: qüisquis, ron, tequila, soda y no sé cuantas más. Le hicimos la sugerencia de que debería haber también refrescos y agua, sobre todo por la mujeres que no tomábamos bebidas espirituosas y calientes como aquellas. Muy diligente, se apresuró en ir a comprar lo que faltaba, mientras, Lucía Belinda, aprovechaba para preparar dos grandes jarras de limonada que puso a enfriar en el frigorífico.

A las siete en punto comenzaron a llegar todas las parejas, con vestimenta fresca y cómoda. Se respiraba porque el cuerpo humano está preparado para ello aunque no quiera, pero nuestros cerebros funcionaban, de manera lenta y trabajosamente. Las conversaciones seguían el mismo ritmo, tranquilas y sosegadas, sin grandes esfuerzos, lo justo para mantener el ánimo. Y es que, llevábamos casi un mes soportando temperaturas prácticamente invariables, que oscilaban entre los treinta y cinco grados por la noche y, cerca de los cuarenta y cinco, durante el día. No había nadie con sobrepeso, todo el mundo estaba delgado, excepto Lucía Belinda. Inclusos los niños parecían sardinas, delgados, en pleno crecimiento y con una vitalidad arrolladora que cansaba de solo verlos retozar. Eran los que, sin duda, mejor sobrellevaban el calor; parecían dotados de alguna proteína especial que los protegía de aquel clima infernal. En cambio los adultos no nos despegábamos de los pañuelos de papel, bien colocados en los bolsillos de los pantalones o faldas, como quien lleva dinero y que, constantemente, pasábamos por la cara y el cuello para secar el sudor que ya se había convertido en parte de nuestro físico. Había que haber nacido allí para que aquello no sucediera. Lo había comprobado cada vez que me acercaba a la margen izquierda. Nadie sudaba, ni hombres ni mujeres. Quizá les ayudara el color oscuro de su piel, dotada de mayor cantidad de melanina o tal vez, el hecho de haber nacido en aquella zona, fuera lo que les proporcionaba una inmunización natural; lo cierto es que, sus cuerpos estaban preparados para aquel clima. Era más que probable pues, nuestros niños, mostraban una adaptación mejor que la nuestra.  Los envidiaba. Sentados o trabajando, sus cuerpos delgados se movían al son de la música que nunca faltaba. Vivían mejor que nosotros en cierto sentido, ya que, eran felices con pequeñas cosas, se tomaban la vida sin transcendencia, la aceptaban sin cuestionarla, la dejaban correr sin rencores. Me dije que quizá fuera porque ignoraban lo que nosotros sabíamos del mundo, de lo que había más allá de aquellas fronteras, por lo que, la añoranza, era un sentimiento desconocido para ellos o, al menos, no tan exacerbado como el nuestro. Europa solo era un nombre en un libro escolar al que no daban ninguna importancia; al fin y al cabo, sus genes les decían que nunca verían ese continente. Por lo tanto era mejor vivir con lo que la naturaleza les había otorgado que suspirar por algo que no estaba a su alcance.

A medida que avanzaba la tarde, la temperatura iba bajando y la velada se fue animando. Los hombres hicieron sus típicos corrillos y las mujeres interveníamos de vez en cuando o bien charlábamos entre nosotras. El dúo más significativo fue el formado por Emilio y Julio. Ambos se seguían las bromas y los chistes, a cual más ocurrente, convirtiéndose en el centro de atención de los allí presente. Esa alegría despreocupada y chispeante de ambos, contagió al resto de los hombres que se animaron a exhibir sus mejores cualidades de divertimento; chistes, anécdotas, cuentos y algún chisme sabroso acerca de alguien que, por lo general, no conocía nadie. De ahí pasaron a contar batallitas, a cual más exagerada, la mayoría inventada, aunque narrada con el entusiasmo de la verdad. Y en esta fase de las batallitas fue cuando se produjo el cambio de atmósfera que hasta el momento había imperado en la reunión.

Emilio, una vez terminada la batallita contada por Julio, coreada por todos con sonoras carcajadas y asombro, se lanzó a contar la suya que, de entrada, dijo que, no era una invención, sino algo real que le había tocado vivir hacía unos años. No sé cual fue la razón, ni por qué, lo cierto es que nada más decir estas palabras miré a Lucía Belinda, sentada en el sofá al lado de Nuria y Fabia. Súbitamente, su rostro  se apagó como se apaga una vela, bajó los ojos, apretó los labios y entrelazó las manos, estrujándolas entre si con nerviosismo. Tuvo un atisbo de valentía al alzar la vista y mirar a su marido fijamente. Intuí que ambos se entendían y, tras un momento de vacilación en el que creí que Emilio se debatía entre, si hacer caso de aquella advertencia o, seguir adelante, se decidió por girar la cabeza e ignorar la muda amenaza de su mujer. Ésta, rendida a la evidencia, se levantó con la excusa de ir a la cocina y traer más refrescos que ya estaban a la mitad. Ese fue el momento en el que Emilio, envalentonado, comenzó a contar su "batalla real" a la que imprimió un realismo que acaparó la atención de todos. A medida que desgranaba su pequeña historia, elevaba el grado de dramatismo. Comenzó contando que, hasta hacía unos años, era piloto comercial. Había estudiado muy duro para obtener la licencia y hecho muchas horas de vuelo en distintos aviones, hasta que un día logró tener en sus manos los mandos de un Boing. Ese día fue la culminación de un sueño largamente ansiado. Su carrera como piloto, se desarrolló en sus comienzos, en pequeñas compañías aéreas que recorrían las ciudades cercanas hasta que, cumplidas las horas de vuelo necesarias, pudo dar el salto a la compañía nacional, propiedad del gobierno. Por fin había llegado su momento y, se disponía a aprovecharlo al máximo. De entrada, le asignaron vuelos nacionales con aeronaves medianas cubriendo las grandes distancias entre ciudades de un continente tan grande como aquel. No obstante, estaba pendiente de la primera vacante que se produjera en los vuelos internacionales y, cuando ésta llegó había adquirido la suficiente confianza y destreza a los mandos de un avión. Así que, la mañana que lo llamaron, firmó el contrato correspondiente y a los dos días comenzó a volar en un Boing. No se hizo con los mandos del avión de inmediato, antes tuvo que hacer una pasantía como copiloto y aprender todas las prestaciones de aquella nave con el comandante de turno. Poco a poco, su conocimiento y confianza en aquella máquina enorme, se fue haciendo cada vez más patente hasta que, por fin, llegó el momento de hacer su primer vuelo como comandante en solitario. El destino: Argentina. No era lo que se consideraba un vuelo transatlántico pero, si lo pasaba sin problemas, estaba convencido de que pronto llegarían los demás. Y así fue; al cabo de mes y medio comenzó a atravesar océanos y continentes hacia países exóticos, desconocidos y de horas y horas de vuelo. Disfrutaba llevando los mandos del Boing, el  avión que consideraba como uno de los mayores inventos de la humanidad y con los que prácticamente había recorrido el mundo. Explicó, con todo detalle, el cuadro de mandos, las prestaciones que tenía la nave, las medidas de seguridad, la mecánica, el disfrute que se sentía al poner el piloto automático y saber que algo tan grande te estaba llevando por el aire sin intervención de la mano del hombre y, por último, la habilidad que había que desplegar en su maniobra cuando se presentaban  momentos de dificultad: viento, tormentas... No exagero si digo que no se oía ni el zumbido de un mosquito, tanta era la concentración de todos en el relato. De vez en cuando, Emilio se permitía romper la seriedad del mismo con algún símil a lo andaluz que provocaba las risas de todos.
Incluso yo, olvidé lo que había visto en Lucía Belinda momentos antes y, no despegaba la vista y el oído de las palabras de aquel hombre porque, lo que te enganchaba, no era lo que contaba como la manera en que lo hacía. Tenía magnetismo, él lo sabía y, lo explotaba. Algo parecido había visto antes en Julio; ambos hombres acaparaban la atención con la palabra. En más de una ocasión pensé que, si se dedicaran a la política, serían un peligro para el país.
      Llegados a este punto del relato y a la espera del desenlace,  Lucía Belinda hizo algo extraño: interrumpió a su marido, trayendo una bandeja con distintas viandas y bebidas frescas que depositó en la mesa, alrededor de la cual se sentaba la mayoría. Su marido le lanzó una mirada furibunda que, ella, pareció ignorar, no quedándole otro remedio que esperar a que terminara de servir. Lucía Belinda hizo todavía algo más atrevido o fuera de lugar: un intento de cambiar de conversación, preguntando una simpleza, a uno de los hombres, a la que éste, pillado por sorpresa, contestó con brevedad,  dándole a entender que luego, que ahora no era el momento. En vista del resultado y sintiendo las miradas impacientes de todos  en su persona, se encaminó, discretamente, hacia la cocina con los hombros caídos, la cabeza gacha y arrastrando los pies. Nadie, excepto su marido y yo, se percató de lo que había intentado. Es posible que Angélica también lo notara; su actitud, seria e indiferente, hacía imposible adivinar qué pensaba.

Emilio, disimuló muy bien el malestar que le había causado su esposa con su inoportuna interrupción, hablando con Julio y Eligio, el marido de Nuria, sobre detalles de lo que estaba narrando mientras su mujer terminaba de servir; no sería ella quien evitara que él contase su batalla real a un público cautivo como aquél, ávido de oír cualquier cosa que se saliera de lo cotidiano. Una vez que la vio marcharse, se atusó el bigote, gesto que a mi me daba repelús y, con su mejor sonrisa, se dispuso a continuar la narración donde la había dejado.

"Se preguntarán donde está el meollo de la historia" dijo con un gesto teatral de manos y, una sonrisa en los labios. "Pues en lo siguiente. Uno de esos días en los que regresaba a casa después de doce horas de vuelo, tranquilo y sin problemas y, faltando una hora para el aterrizaje, uno de los motores del avión se paró en el aire y, casi de inmediato, el  otro comenzó a fallar. Se apagaron las luces del interior del avión y el pasaje comenzó a gritar, preso del susto y del miedo. Y no era para menos, la falta de ruido en las alturas se asocia enseguida con el fallo de algún motor y lo que nos resulta tedioso oír durante un largo viaje, se convierte en pavor si dejamos de percibirlo. El motor que fallaba, tiraba del avión como los respingos de un caballo encabritado. Los pasajeros lo sufrían de la misma manera. De inmediato, puse a funcionar el protocolo de aterrizaje de emergencia y mantuve la calma. Eso era esencial si quería llevar la nave a tierra. En el aeropuerto se dispararon las alarmas y, de inmediato, dispusieron un pasillo para darnos entrada. Las ambulancias y las máquinas de espuma estaban alineadas y preparadas por lo que pudiera ocurrir." Aquí hizo un pequeño alto para tomar un sorbo de güisqui que, también aprovechamos los demás para hacer lo mismo, solo que las mujeres bebimos refrescos o limonada.

No mentiría si dijera que, a aquellas alturas del relato, estábamos todos tan absortos y metidos en él, que vivíamos con la misma intensidad de miedo y pavor que los pasajeros, el fallo de los motores. Si se hubiese cometido un asesinato en el ático, apenas hubiésemos alzado una ceja. Miré fugazmente a Angélica que, en medio de su marido y de Nuria, no mostraba ningún signo de concentración, tan solo un amago de escepticismo y una sonrisa burlona en los labios. Lucía Belinda, apoyada en el quicio de la puerta de la cocina, que daba directamente al salón donde nos encontrábamos, oía a su marido con un gesto de desprecio en la boca y de ira en la mirada. Nunca había visto esas emociones en ella, pensaba que carecía de semejantes sentimientos, lo que provocó en mi un desasosiego que me asustó. ¿Qué estaba pasando allí? Lucía Belinda y Angélica estaban alejadas la una de la otra y sin embargo, sus emociones nada tenían que ver con las que sentíamos los demás. Ira, burla, desprecio, escepticismo, frente a miedo, concentración, angustia, o esperanza. No pude seguir pensando en esto porque Emilio retomó de nuevo la palabra.

     Por lo visto, cuando se produce un fallo en una máquina de tal envergadura, las consecuencias son imprevisibles; la mayoría de casos suelen limitarse al fallo en cuestión sin que afecte al resto, aunque también sucede que, dicho fallo puede propiciar la rotura o desperfectos de algún otro elemento esencial en la maquinaria del avión. Y esto último es lo que sucedió. El tren de aterrizaje se bloqueó y solo la pericia de Emilio al volante del mismo, evitó una catástrofe. La pista se llenó de espuma, las ambulancias invadieron la pista y los pasajeros salieron ilesos por las rampas de emergencia. Emilio se llevó una sonora y agradecida salva de aplausos por parte de todos cuando el avión paró en medio de la pista y fue efusivamente felicitado por compañeros y jefes por haber sabido hacer frente a una situación tan delicada como aquella y coronarla con éxito.
    Todos los allí presentes, aplaudimos con el mismo entusiasmo que el pasaje del avión. El relato había durado lo suyo, pero apenas lo habíamos notado.

Una vez en casa y, todavía bajo la influencia de las palabras de Emilio, mi cerebro se empeñaba en entorpecer la emoción del relato que intentaba revivir con imágenes entrelazadas que, nada tenían ver con aquello. Las alejé con una buena dosis de imaginación: me vi en aquel vuelo, traté de sentir las mismas sensaciones de pavor y de esperanza que los pasajeros y, cuando más ensimismada estaba rememorando el relato, mi cerebro se llenó de imágenes parecidas a las que acababa de oír aunque, en otro contexto, en otro lugar y con otros personajes. De pronto, todo lo que acababa de escuchar de labios de Emilio desapareció de golpe para dar paso a las imágenes de una novela que, años atrás, había leído de Arthur Hailey: "Aeropuerto" y, que tanto dio que hablar, hasta el punto de llevarla al cine. ¡Santo cielos! ¡era exactamente igual! Me levanté de la cama y me dirigí a la terraza. Apoyada en la baranda, alcé la vista hacia un cielo estrellado que me observaba con ironía. Las estrellas me picaban el ojo y yo sentí la burla de sus destellos. Me ruboricé y, a continuación, palidecí.    


   



        

     
  

jueves, 8 de agosto de 2013

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (3)

Capítulo 3.-

Ha pasado tiempo desde aquel momento de confidencia, muchos años en realidad y, sin embargo, caló tan hondo en mi que, cuando se dan las mismas condiciones climáticas de calor y de humedad, los recuerdos vuelven de nuevo con nitidez sin que nada pueda hacer por alejarlos: el vaso de limonada, las copas de los árboles, la mirada de Angélica, seria y con la vista fija en una llorosa Lucía Belinda, la perra echada a sus pies...

           Nuria, vecina de Angélica, puerta con puerta, era la típica mujer de un médico de la época, además de: habladora, ama de casa perfecta, dominante con sus hijos y muy poco con su marido y, Psicóloga. Como no le gustaba bañarse en la piscina, durante el curso escolar se pasaba las mañanas organizando la casa, la comida y, demás tareas domésticas con la chica de servicio a la que manejaba como a un subalterno militar: listas y más listas de cómo debía hacer las cosas, de cómo dirigirse a ella y a su marido, de cómo actuar cuando tenía invitados..., en fin una sofocante imitación de aristócrata. De estatura normal, calzaba tacones altos cada vez que se le presentaba la ocasión, todos de firma y que costaban un buen dinero, algo que podía permitirse. Me era difícil entender cómo era posible que, con aquel calor que nos mantenía sudando a chorros, ella se atreviera a embutirse los pies en un zapato cerrado y de tacón que, por otro lado, siempre terminaban llenos de polvo y con las tapas gastadas después de tres puestas. Lo cierto es que, cada vez que la veía subida a esos zancos mi cuerpo, de manera refleja, se defendía sudando aún más. Le gustaba llamar la atención, era algo obvio, ya fuera por su vestimenta, ya fuera hablando y, si lograba ser el centro de atención, estaba en la gloria. Creo que, por esto último, llevaba bastante mal el aislamiento al que ella misma se había sometido negándose a bajar a la piscina. Así que, un día, (yo creo que ya no pudo aguantar más), la vimos aparecer con pantalones cortos, camiseta de asillas, gorra y grandes gafas de sol, caminando hasta nosotras que, sin aspavientos, la recibimos como si fuese algo habitual. En el fondo todas sabíamos que aquello tenía que suceder y quizá esa certeza fue la que nos indujo a no darle mayor importancia. Con ella venían sus dos hijos, radiantes de alegría por la decisión de su madre y que, nada más soltar las bolsas que llevaba cada uno con sus cosas, se integraron  al resto de niños que nadaban en la piscina o que jugaban en el césped con las pelotas. Hasta ese momento pensábamos que Nuria había vivido de espaldas a esa zona por su carácter un tanto excéntrico, pero la realidad era más sencilla: no sabía nadar y, por lo tanto, le aterraba que le sucediera algún percance a sus hijos (que tampoco sabían) y no pudiera ayudarlos. Confesar que no sabía nadar le costó; dejó pasar unos días con la excusa de la regla, pero como ésta no podía durar eternamente, terminó por claudicar y admitir que lo de nadar no era lo suyo. Criada en un pueblo de Castilla León no vio el mar hasta bien entrado los veinte años.  Como consecuencia de su miedo al agua y, de que sus hijos tampoco supieran nadar, compró todo lo que se le ocurrió que podía ser importante para la seguridad de aquellos: manguitos, flotadores de cintura, flotadores de espalda... y, para su sorpresa y alegría a los quince días, ambos niños sabían nadar perfectamente y lanzarse del trampolín de la misma manera que los demás. No obstante, ella misma reconocía que se encontraba más cómoda dentro de su burbuja doméstica, con sus salidas a alguna fiesta o, en reuniones de amigos relacionados con el trabajo de su marido que tomando el sol y vigilando a los chicos. Al fin y al cabo, "moriré sin aprender a nadar, así que, es mejor hacer lo que domino y estar con quien más cómoda me siento". Palabras que en realidad escondían una enorme inseguridad; enfrentarse a algo desconocido le producía pavor.

 Otra de sus excentricidades que a todas nos hacía mucha gracia, era el modo de vestir a sus hijos, como si estuvieran en Europa, en lugar de hacerlo como requería aquel lugar inhóspito, solitario y sofocante que, a mí, me generaba "alucinaciones", dolor de cabeza y mal humor. Una de mis "alucinaciones" más recurrentes era divisar desde la ventana de mi terraza las típicas pelotas de hierbas resecas, rodando sin rumbo fijo y empujadas por la brisa caliente y húmeda tantas veces vistas en las películas del Oeste; aquellas películas a las que nos tupieron los norteamericanos en los años sesenta. En realidad, nunca vi pelota alguna, algo que no me explicaba puesto que, estaba segura de que se daban todas las características para su formación. Me convencí de que había cogido en un fallo a la naturaleza. Años después, un poco más instruida y menos tonta, comprendí por qué no se formaban.

 Angélica intentó en más de una ocasión, hacerle ver a Nuria que, si no se adaptaba y vivía con intensidad los meses o años que le tocara en aquel lugar y país, tendría un vacío en su vida que, a la larga, lamentaría. Estoy segura de que ésta no la oía, a pesar de que la miraba y le sonreía asintiendo con la cabeza; en su fuero interno estaba convencida de que lo que hacía y cómo lo hacía era lo mejor. Ese modo de ser chocaba con la naturaleza de  Angélica, una mujer pragmática y amoldable; si tenía que estar todo el día con cholas en los pies lo hacía, si no podía arreglarse el pelo porque las condiciones climáticas se lo impedían, se lo recogía en una coleta alta o en un moño informal y lo adornaba con alguna traba original comprada en algún mercadillo. En su vestuario no creo que hubiera un pantalón largo, siempre andaba con los cortos, ya fuera bien rematados o desflecados por haber metido tijera a alguno que todavía tuviera perneras, dejando al descubierto sus bonitas y largas piernas tostadas por el sol y, a sus hijos, les transmitía esa misma filosofía de vida lo cual era muy divertido; los niños eran ingeniosos, educados, libres de verdad, de dentro afuera, seguros de sí mismos y apasionados por aquel lugar que consideraban el paraíso. Esa despreocupación real, auténtica y nada estudiada de Angélica y de sus hijos, me pareció que no era compartida de la misma forma por su marido Julio y, a medida que iba conociéndolo me reafirmaba en que tenía razón. De hecho, Angélica se mostraba tal y como era cuando él no estaba y, bastante incómoda, en su presencia. Ese comportamiento me chocaba bastante cuando me percaté de ello, más tarde comprendí la razón. Y no me gustó.  

  Nuria nunca entendió a Angélica. Todas nosotras, en cambio, hicimos lo posible por copiar su estilo de vida, sin duda el mejor, para soportar aquel lugar y hacer frente a la vida tal y como viniese, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia por dura o extraña que fuese. No obstante, Angélica, jamás cedió un ápice de terreno en sus costumbres más íntimas: su educación, fruto de las enseñanzas familiares en especial de su madre, en su amor por la cultura en general, en su afán por documentarse, fuera el tema que fuese, en sus valores "machaconamente" inculcados en el colegio de monjas, en la disciplina... en toda una serie de aprendizajes que formaban parte de sí misma, que habían conformado su carácter y habían potenciado lo bueno del mismo. "Todo ese conglomerado de vivencias me ha hecho ser como soy; espero que las experiencias que adquiera de aquí en adelante me hagan más sabia, no tanto por mí sino por mis hijos", me dijo un día mientras hablábamos de la trascendencia de la vida, lo que influía en los niños el que los padres fueran de una u otra manera. "No creas que no me doy cuenta de mis defectos, sé cuales son y procuro luchar contra ellos, unas veces lo consigo, otras no, pero al menos los reconozco". En aquellos momentos me parecía que era perfecta, pero la lógica me demostraba que tenía defectos como todo ser humano, ella misma lo reconocía, pero yo no los vi hasta mucho después.   

Nuria se debatía entre dos sentimientos contrarios con respecto a Angélica: por un lado intentaba imitarla y, por otro, su yo auténtico, su naturaleza o su genética, la traicionaban constantemente, actitud que la hacía parecer cursi, en muchas ocasiones. Sin embargo, lo peor que llevaba no era el calor, ni el lugar, ni la lejanía de Europa; lo que de verdad la tenía todo el día contrariada era que, a su edad, sufría de acné. Y éste no era suave o esporádico, nada de eso, era permanente y de granos enormes, con pus y enrojecidos que solo mejoraban cuando tomaba antibióticos, prescritos para curar alguna bronquitis asociada con fiebre o, cuando tomaba baños de mar durante semanas. El otro aspecto de su carácter que a mí me producía rechazo era su afición al cotilleo. Un cotilleo que, a la mayoría, nos resultaba desagradable. Le faltaba tiempo para pregonar, como el bando de un ayuntamiento, cualquier chisme del que se enterara. Esa fue la razón por la que Lucía Belinda, Angélica y yo decidimos llevar en secreto el tema de la adopción y no comentarlo con nadie más hasta que el bebé estuviera en casa de Lucía Belinda. Las cosas podían torcerse y no queríamos ni imaginar los comentarios de Nuria al respecto. No obstante, como en todo siempre hay algo bueno y en las personas más aún,  Angélica, que le desagradaba oír críticas destructivas de nadie, no permitía que se hablara mal de Nuria en su presencia y, para contrarrestar el efecto negativo de cualquier comentario sobre su modo de ser, resaltaba su carácter práctico y decidido ante la vida, su conocimiento de las tareas domésticas, entre las que destacaba su amor por la cocina, los trucos y recetas que aquella le había enseñado, su papel como madre y, otra serie de valores que yo no me atrevía a poner en duda, aunque no me parecían suficientes para paliar el daño que, en ocasiones, podía hacer un chisme de Nuria acerca de cualquiera.  Esa decidida defensa que hacía Angélica de todo el mundo, era lo que, sin darte cuenta te llevaba a confiar en ella; sabías que no iba a permitir a nadie hablar mal de ninguna persona en su presencia porque, como solía decir, muy convencida, "todo el mundo, tarde o temprano, tendrá miserias en sus espaldas, incluida yo misma y por lo tanto hay que esperar a que el tiempo pase para poder analizar los hechos con imparcialidad.  La historia del mundo me lo confirma: países, Estados, reyes, aristócratas, la iglesia, el ejército y el pueblo, a lo largo de los siglos, han variado su visión de los hechos del pasado en función de la época en la que son analizados". Luego pasaba a demostrárnoslo con ejemplos muy ilustrativos que, todas entendíamos por lo bien que los explicaba, además de encontrar un público adecuado ya que, la mayoría, eran mujeres que tenían una buena formación académica, aunque la única de historia era ella. Nuria era Psicóloga, Mirian enfermera, Lucía Belinda maestra de infantil, Fábia, la portuguesa, Licenciada en lo que en España era equivalente a Románicas, Itziar, la vasca, era Licenciada en Francés, Erika, la noruega en Económicas y Paula, la catalana, Perito en contabilidad.

Uno de esos días en los que hilvanábamos una conversación tras otra, sentadas en el césped de la piscina con el griterío de fondo de los niños, tomando el sol, leyendo o simplemente dejando correr la tarde,  Fábia , la portuguesa, soltó un comentario sobre el lenguaje de pasada, sin énfasis, sin afán de controversia, casi sin que la oyéramos con claridad. De hecho la mayoría no lo oyó, pero ¡ay! sí que lo hizo Angélica que, de inmediato, preguntó asombrada: "¿Cómo dices? Repite eso que acabas de decir". La misma Fabia se sobresaltó ante la pregunta incisiva de Angélica  pero, con calma y, esta vez con las miradas de todas vueltas hacia ella, dijo:   "que el español es un portugués mal hablado". 
      Estoy convencida y, en aquellos momentos más aún que, esa frase, fue otra de mis súplicas oídas por el que tiene el poder donde quiera que esté, ya que, a partir de aquel momento, se suscitaron acaloradas discusiones en defensa de una u otra teoría en la que, cada cual en su especialidad, comenzó a aportar su punto de vista. Lo que había comenzado como un simple comentario, se convirtió en un debate en el que, cada afirmación o teoría,  había que demostrar con pruebas. Una simple frase que, en cualquier otro país, en otro lugar y en otras circunstancias hubiera pasado desapercibido, allí cobró una importancia tal que, la comunicación, las discusiones, las diferencias de opinión se vivían con apasionamiento, incluso con agresividad. De la misma manera que lo hacía la naturaleza de nuestro entorno. Se pasaba de acaloradas discusiones, a auténticas clases magistrales impartidas por cualquiera de nosotras y que el resto seguía con atención. Los maridos, hartos de tanto trabajo práctico y exigente, se unieron al grupo; en principio, movidos por la curiosidad más que por el interés en sí del tema en discusión, luego, eran los primeros en llegar a tiempo para no perderse una palabra. Atentos y curiosos oyentes, llegaron a participar de manera activa, aportando, cada cual,  su particular visión sobre el tema en cuestión. El asunto no fue nada fácil de resolver y, a mí me daba igual quien ganase pues, lo que realmente me importaba, era oír las argumentaciones de unos y otros con sus correspondientes pruebas que las sustentasen. Las argumentaciones se exponían con apasionamiento, diría que hasta con encono y con saña. Angélica y yo logramos, como un milagro, que Lucía Belinda se uniera al debate y, aunque su pensamiento estaba en los trámites de la adopción y en la mejor manera de comunicárselo a Emilio, siguió nuestro consejo de que se lo pensara durante un tiempo para que ella misma fuera haciéndose a la idea, como si fuera un embarazo, ya que, traer al mundo a un hijo no era como ir al mercado y comprar una lechuga, que si estaba mala la tirabas. En esto, si salía mal tenía que seguir adelante, no había marcha atrás. La cordura se había impuesto a la desesperación y había aceptado. En medio de ese tiempo de reflexión estalló la discusión del tema del idioma portugués y del español y no le quedó otra salida que unirse a ella, aunque sin muchas ganas pero, se las ingenió para no estar en el centro de aquella tormenta de opiniones haciéndose cargo de la intendencia: café, té, alguna tarta, quesillo y cualquier cosa que se le pasara por la cabeza, para llevar y servir durante el tiempo que pasábamos reunidos. Este papel lo compartía con Nuria, encantada de exhibir sus dotes de anfitriona, aunque el lugar no fuera su casa,  más que de participar todo el tiempo en las clases que allí se impartían. Ambas se distraían, ora cocinando, ora oyendo y, de vez en cuando, participando con alguna que otra pregunta sobre algo que les interesaba. Creo que Angélica y yo, sin duda,  fuimos las que más disfrutamos durante aquellos meses con el tema planteado. Angélica porque  estaba ejercitando la mente, se lo había tomado como un duelo de dialéctica y un trabajo detectivesco, lo que la obligó a "desempolvar" sus conocimientos de la historia anterior a los RRCC, remontándose a la formación de los reinos españoles y "al condado" lusitano. Se fue hasta aquellos tiempos para luego enlazar con las invasiones bárbaras, los romanos, los griegos y los indoeuropeos, los del origen común, no solo en raza sino en lenguaje. No pude anotar todo lo que se decía, pero sí lo suficiente para poder comprender mejor esa parte de la historia de la que no tenía idea, salvo nombres y hechos sueltos como el de algún rey godo, de la enorme ristra que aprendí en el colegio y, alguna batalla significativa; del resto lo ignoraba casi todo. Así que, en más de una ocasión y antes de reunirnos, pregunté varias veces a Angélica sobre alguna duda del tema para que me quedara claro. Digo claro por decir algo, ya que la realidad era que me costaba mucho seguir aquel auténtico galimatías de nombres de reyes, formación de reinos, matrimonios, tratados, guerras y peleas fratricidas. Los reinos de Asturias, León, Navarra, Castilla, la traición de Enrique de Borgoña, el primer conde de Portugal, casado con la hija natural del rey de León Alfonso VI, Teresa de León, fruto de su relación con Jimena Muñoz en 1093, fue expuesto con la suficiente claridad como para que todos los que nada sabíamos al respecto pudiéramos seguirlo. El hecho de que dicho condado no ocupara el territorio que hoy conocemos como Portugal, porque en realidad era parte del reino de Galicia situado entre el Miño y el Tajo, una franja fronteriza con Lusitania, que iba desde el Tajo hasta el sur de lo que conocemos hoy como Portugal, dio la impresión de que Fábia se había anotado un punto. Sin embargo, Angélica redobló sus esfuerzos de nuevo remontándose, no solo hasta ese momento de la formación de los reinos españoles, sino mucho más atrás, en su afán de demostrar su teoría de la evolución del lenguaje partiendo de Grecia, las invasiones bárbaras procedentes de Asia, el desarrollo del latín como lengua vulgar en los comienzos de Roma,  las bifurcaciones del mismo en toda Europa... y, sobre todo, la vinculación con los pueblos indoeuropeos de los que, por lo visto, desciende gran parte del lenguaje europeo y, así demostrar que, lo que afirmaba Fábia no se sustentaba ni poniéndole patas. Ésta, en vista del desafío y muy ducha en la formación lingüística, no se quedó atrás: se fue a los orígenes y formación del lenguaje, expuso las influencias recibidas y, para ello, partió de la argumentación de Angélica de los pueblos indoeuropeos y lo llevó hasta la formación del portugués y del español. Hizo hincapié en el asentamiento de la tribu lusitana desde la zona del Tajo hasta el sur desde mucho antes de la llegada de los romanos, analizó la raíz de las palabras de un idioma y de otro, los comparó con el italiano y el francés y, aún siendo muy interesante su línea de conocimientos era más técnica, por lo que, a mí, me resultó más árido, menos entretenido que las intrigas y hechos de la historia que Angélica contaba con fluidez y gran conocimiento. Analizando una y otra exposición, totalmente diferentes pero sólidamente relacionadas, me confirmó que, hasta un chisme bien contado tiene su arte. En fin, que día si y día también se organizaba un pulso intelectual con argumentaciones cada vez más interesantes a los que yo atendía como si mi vida dependiera de ello y, en realidad era así, ya que, un comentario hecho tan de soslayo y tan sin importancia en apariencia, nos mantuvo ocupados a todos durante un par de meses en un ejercicio intelectual que fue como un bálsamo para el espíritu. El hecho de que los hombres se unieran lo hizo más interesante. Su integración fue, en principio, por no quedarse solos en casa, luego por la curiosidad de la discusión y, por último por el interés suscitado. Todos eran de ciencias, carecían de los conocimientos necesarios para argumentar en serio, pero planteaban preguntas interesantes desde un punto de vista distinto a la corriente estrictamente de letras, lo que, obligaba a las expertas, a reconsiderar el tema y a volver a documentarse para contestar con coherencia. Durante ese tiempo de ejercicio intelectual, olvidé el malestar que me causaban el calor, los mosquitos y la humedad y, todos los días, a partir de las siete de la tarde, estaba puntualmente en el lugar de reunión establecido para continuar la discusión donde lo habíamos dejado el día anterior. Al sonar las once de la noche, dábamos por finalizada la sesión porque los maridos debían madrugar.

El triunfo mayor, pensándolo en perspectiva, no fue quien ganó o perdió, la verdad es que no se llegó a una conclusión concreta y determinante, sino que, las participantes, durante todo ese tiempo, dejamos de oír  la cantinela de los maridos sobre sus problemas de trabajo, abandonamos el aburrimiento crónico que padecíamos, las ganas de marcharnos de aquel lugar, inhóspito y carente de manifestación cultural alguna y, sin percatarnos del hecho, volvimos a recuperar el entusiasmo por la vida, a apreciar las cosas buenas que también tenía aquel lugar y, en mi caso, hasta recuperar al hombre del que me había enamorado: dinámico, divertido, interesante... Luego me enteré que a las demás también les había sucedido lo mismo. En fin, fue una etapa muy interesante y diferente que cerró lazos de amistad entre todos.

No obstante, el tema de la adopción, cada vez más apremiante, nos reunió de nuevo a las tres en casa de Lucía Belinda que, convencida y decidida a llevarla a cabo cuanto antes, nos confirmó que, el tiempo de espera y reflexión había concluido. A partir de ese momento, comenzaron los preparativos.

miércoles, 24 de julio de 2013

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (2)

Capítulo 2.-

Si conoces la verdad, una mentira la detectas de inmediato; si la desconoces, el camino que conduce a ella, por norma, suele ser largo, sinuoso y lleno de tropiezos. Pero un día te levantas y, sin saber cómo ni por qué, los hechos comienzan a encajar de manera suave, sin estridencias y entonces descubres la verdad. Y esa verdad puede gustarte o no, pero es un descanso para la mente.
 
 Lucía Belinda, era una mujer joven, uno o dos años más que Angélica, creo, con una sonrisa encantadora, suave y triste en muchas ocasiones. Enamorada de los niños a los que mimaba y por los que se desvivía encontró en los tres hijos de Angélica el motor necesario para reír a carcajadas, involucrarse en sus juegos, cuidarlos cuando hacía falta y, mimarlos también.

 Durante la época escolar, Angélica se dedicaba a organizar la comida, algo de lo que, por norma, se ocupaba personalmente, ya que, la mayoría de las chicas de servicio desconocían la cocina española y ella era muy mediterránea. Recuerdo cómo se enfadaba por la dificultad para encontrar pescado fresco. En cambio la carne, se podía conseguir de toda clase de animales: vacas, venados, serpientes... Tenía una dieta escrupulosa para la familia, sobre todo por los niños: potajes de verduras, carne dos veces en semana, pescado, si lo conseguía fresco tres veces, y si no, congelado, ensaladas, mucha fruta  y, bocadillos únicamente en la merienda. La comida, en general, era económica, pero había ciertas cosas que no solo eran caras sino que  no se conseguían. Por ej. manzanas, peras, ciruelas o pescado. En los países tropicales se come mucho a base de harina: arepas, cachapas, hallacas, cazabe, arroz a diario, acompañando casi cualquier comida y, un sinfín de platos basados, la mayoría, en la harina. Solía decir, con mucha gracia por cierto como buena andaluza que, la gente del país, con la dieta de harina que llevaban, no estaba más gorda gracias al clima. Angélica era la más joven de todas nosotras y la que más hijos tenía. Era una auténtica modelo, guapísima, con un cuerpo escultural que hacía volver la cabeza cuando la veías, pero sabía como minimizar ese impacto con naturalidad, mostrándose tal y como era, simpática, culta y con una indiferencia hacia sí misma que conseguía que las demás mujeres no se sintieran incómodas, muy al contrario se la rifaban por estar en su mismo grupo. Conseguía que la gente se olvidara de su físico y se centrara en su cerebro. Yo observaba, admirada, semejante cualidad y aprendí a su lado a valorar cosas y hechos que, antes de conocerla, ni tan siquiera podía imaginar. Aprovechaba, siempre que tenía oportunidad, de enfrascarse en el mundo de la historia y del arte que, todas, a su alrededor, oíamos con avidez; en parte porque era como el sustituto de una película o una obra de teatro, tan añoradas como una simple ciruela. Estas peroratas, como ella las llamaba para quitarle importancia, tenían lugar en el césped de la piscina, por las tardes, mientras los niños se bañaban o jugaban. En el fondo, yo sabía que lo hacía como parte de una necesidad para sentir que estaba viva y hacer que aquel destierro pasara lo más rápidamente posible. La entendía a la perfección y compartía totalmente su punto de vista. Si soy sincera, a mi me ayudó muchísimo y no peco de exagerada si digo que, a las demás, también.  El tiempo se sucedía de una manera más amable y menos agresivo.

En cuanto a Lucía Belinda, las cosas eran distintas. Todo el cariño y dedicación a los niños, no era extensible a los adultos. Para empezar, nunca la vi en traje de baño y, por tanto, jamás se bañó en la piscina. Alegaba que el sol le hacía daño y que no le apetecía. Durante las mañanas, compartía algún rato en casa de Angélica quien se abstenía de presionarla para bajar al césped por las tardes, cuando comprobó que nada le haría cambiar de opinión. Pero también nos dimos cuenta de que, poco o nada, le gustaba estar en su propia casa y que, apenas, le dedicaba el tiempo necesario para mantenerla limpia y en condiciones. La perra de Lucía Belinda, un hermoso animal de color castaño, pelo al cepillo y un rabo largo y peligroso que meneaba como un látigo, campaba a sus anchas por toda la casa, por lo que, el olor a perro lo notabas nada más entrar y, los pelos del animal pululaban por todas partes. El resto de la casa era por un estilo: en su dormitorio, jamás vi la cama hecha, siempre desordenado y con ropas aquí y allá;  el jardín, que no era tal sino un terreno yermo y sin plantas, daba al salón, separado por un magnífico porche con sillas y mesa donde nos sentábamos la mayor parte de las veces que bajábamos a tomar café y, por tanto, no podías ignorarlo. Cobraba vida gracias a la perra que, encantada de estar en compañía, lo recorría con grandes carreras, parándose, de vez en cuando, para hacer alguna gracia. Lo peor era la cocina. Lucía Belinda tenía todos los cachivaches de una gran cocinera, aunque nada guardado en las alacenas, con excepción de la vajilla, ollas y sartenes. La gran mayoría de artilugios estaban a la vista, en la encimera o colgando en la pared de azulejos. En cuanto al fregadero nunca lo vi limpio, siempre estaba lleno de loza sin lavar, por lo que te daba un poco de agobio entrar en ella. No obstante, apenas le concedía importancia a tanto desorden por dos cosas: una porque para mí aquella zona y todo lo que sucedía en ella me parecía paranormal y, otra porque preparaba un café exquisito y con esmero y, como un milagro, lo servía en tazas de porcelana inglesa, regalo de boda de su madre. Digo milagro porque, entre tanto desorden,  era capaz de sorprenderte con algo tan fuera de lugar como café servido en tazas de porcelana inglesa. Por otro lado, la naturaleza la había dotado de un carácter especial ya que, en estas pequeñas veladas, se mostraba como la mejor anfitriona que yo haya visto, razón por la que también aprendí a no dar valor alguno a su modo de vida. Su conversación fluida, coherente e interesante sobre los avatares de la vida, constituían un motivo de reflexión para Angélica y para mí. El tiempo con ella, al igual que con Angélica se me pasaba muy rápido y, secretamente, esperaba el momento de encontrarme, ya fuera con las dos juntas o, con cualquiera de ellas a solas.

            Recuerdo que, la primera vez que estuve en casa de Lucía Belinda, no pude menos que comentar con Angélica, una vez salimos de su casa, el estado general de la misma y mi extrañeza ante el contraste que suponía una mujer tan interesante y, por otro lado, tan dejada en lo concerniente al orden y la limpieza. Angélica, con la sagacidad de una mujer inteligente y perspicaz, que lo era y mucho, se limitó a comentar que, detrás de todo aquello había algo que todavía no sabíamos y que estaba influyendo de manera muy grave en el estado de ánimo de Lucía Belinda  por lo que, con un poco de tiempo y sin presiones, terminaríamos por descubrir. Dijo algo en aquel momento que me dejó muy pensativa y que ,cuando la verdad salió a relucir, pensé admirada que algunas personas tienen un don especial para intuir ciertos hechos y ella era una de ellas : "lo único que espero es que, sea lo que sea, no la destruya". Luego se cerró en banda y dio la conversación por terminada. Era notorio el cariño entre ellas, el respeto mutuo que se profesaban, casi como hermanas y en ocasiones, me vi relegada de sus confidencias. No podía tomármelo a mal porque las circunstancias en las que nos encontrábamos, no daba lugar para crear enemistades, de lo contrario, la soledad podía matarte y por otro lado, entendía la afinidad que existía entre ambas y la respetaba. Ese respeto salvó nuestra amistad y nuestra cordura en aquel tiempo interminable que pasamos en la selva. Y no exagero al respecto, pues una vez terminaban las lindes marcadas por la desforestación, la selva se alzaba poderosa, exigente, amedrentadora,  peligrosa y, aunque me cueste admitirlo, extraordinariamente hermosa vista desde las alturas que amenazaba con devorarnos si los servicios forestales se descuidaban en sus tareas de poda.

      Uno de aquellos días en los que el calor y la humedad procedentes de la selva y de los ríos impregnaba el ambiente sintiendo que, el cerebro se me derretía, que el alma me desaparecía, que ni el agua de la piscina, ni una ducha de agua fría era capaz de aliviar,  que aquella espera, a la que todas nos habíamos entregado, no podía continuar sin que nada la alterase, me convencí de que algo estaba a punto de suceder; debía ser así pues no era posible que el mundo pasara ante nuestra vista, día tras día, de la misma forma, los mismos acontecimientos, la misma rutina. Me aferraba a esa percepción para no enloquecer. Ignoro si fue por el convencimiento absoluto en tal creencia o porque el mundo idílico que habíamos creado ya no podía mantenerse por más tiempo, lo cierto es que, aquella mañana, la vida de todas nosotras comenzó a cambiar. Se aproximaba el final del curso escolar y a tu alrededor sentías la presencia de los niños con una vitalidad y una energía que te dejaban exhausta de solo pensar en cómo mantenerlos ocupados durante las vacaciones. ¿Vacaciones? ¿Qué vacaciones? aquel lugar era una trampa mortal para la imaginación o un reto, si queremos darle un nombre más alentador, pero la realidad era la que era y no había más.

         Sería alrededor de media mañana, cuando Angélica me llamó por teléfono para ir, de urgencia, a casa de Lucía Belinda. Ante semejante llamada y sin más explicaciones, me apresuré a salir de casa, solté lo que estaba haciendo, probablemente alguna tontería para matar el tiempo y, bajé en el ascensor hasta el piso bajo. Allí me esperaba Angélica, que me hizo una señal de silencio y tocamos el timbre. Al momento, nos abrió Lucía Belinda, en cuyo rostro se percibían las huellas del llanto. Murmuró unas palabras de saludo y nos condujo al porche seguidas por la perra. Sobre la mesita de jardín, había una jarra de limonada con abundantes piedras de hielo y tres vasos recién sacados del congelador. El calor era tan agobiante que agradecí al cielo haber cogido, antes de salir de mi casa, una caja de pañuelos de papel que puse encima de la mesita y que, de inmediato, sirvió también para enjugar las lágrimas de Lucía Belinda. No estaba segura de si serían suficientes para secar el sudor que manaba sin cesar por todos los poros de nuestra piel, pero recordé que tenía más en casa.
           
          " Emilio quiere tener un hijo, y yo, no puedo dárselo", dijo, con voz entrecortada por la emoción y, a continuación, se echó a llorar. La frase, corta y sin preámbulos, tuvo el poder de paralizar mi brazo que se alzaba, con el vaso lleno de limonada,  directo a la boca. Lo bajé despacio, intentando no hacer ruido y, ladeé la cabeza. No se movía una hoja de los árboles que asomaban sus copas por encima del muro del jardín y hasta la perra intuyó que algo grave pasaba a su dueña pues se echó a sus pies. Angélica y yo nos miramos entre desconcertadas y compungidas sin que pudiéramos reaccionar.  Pasaron unos segundos antes de que Lucía Belinda comenzara de nuevo a hablar. Esta vez su voz sonó más clara y, a medida que lo hacía, se limpiaba los restos de las lágrimas de sus ojos. Una calma y una paz se apoderó de ella, como si el hecho de haber dicho aquella simple frase la hubiese liberado de un peso que su cuerpo no podía soportar. "He decidido adoptar un niño, lo vengo pensando desde hace tiempo porque no tengo otra solución y, aún así, no es ninguna garantía de que con ello se solucione el problema". Yo no me atrevía a abrir la boca, la confesión era tan sorprendente que, por otra parte, no sabía qué debía decir. En cambio Angélica, con la eficacia con la que solía hacer casi todo, le hizo una pregunta: ¿Qué clase de problema? y ambas esperamos la contestación como si estuviéramos hipnotizadas, al menos yo, sin quitar la vista de ella que, haciendo un gran esfuerzo, consiguió dar una respuesta que salió de su boca con acento de desesperación:  "Que Emilio se vaya, que me deje, que se divorcie de mí. Hizo una pausa y a continuación sentenció: "No sé si podré soportarlo". Luego volvió a llorar, esta vez de manera suave, íntima y dolorosamente. Me di cuenta de que por lo que realmente estaba angustiada era porque quería desesperadamente a su marido y no aceptaba la vida sin él; se había casado queriéndolo a él y no a la futura descendencia que pudieran tener. Ignoraba, antes de casarse que, sus ovarios quísticos, serían un serio impedimento para quedarse embarazada, lo supo después y, por lo visto, cuando se lo comunicó a su marido, la actitud de él cambió. Así que, llevaba mucho tiempo enfrascada en una lucha desesperada por encontrar una posibilidad de concebir, pero hasta el momento la ciencia no le ofrecía soluciones. 

Sé que puede parecer despiadado decir esto, pero mis plegarias habían sido escuchadas por alguien que tenía oídos y poder: por fin había sucedido algo que rompía aquella monotonía brutal, aunque fuese a costa del dolor y el sufrimiento de una de nosotras que, tal y como yo lo veía, poco me importaba que fuese yo la que tuviese el problema; cualquiera, en realidad, con tal de que las cosas cambiaran. Puede que Lucía Belinda creyera que nuestras vidas y las del resto del grupo eran un paraíso de remanso y felicidad, pero yo estaba convencida y, hoy lo estoy aún más, de que, el paraíso se hizo para los vagos y los faltos de imaginación. Creo que es preferible mil veces el infierno, donde el dios de las profundidades te reta constantemente con su maldad, a la pasividad de un supuesto Edén. La maldad es la que te mantiene alerta en la adversidad, es el mejor acicate para poner a prueba tus defensas; puede convertirse en una lucha constante de inteligencias y eso es bueno para el ser humano porque lo ayuda a ser paciente, imaginativo, realista, buena o mala persona, según sean sus principios y valores, pero, sobre todo, a ser hombres y no animales. Así que, a partir de aquel momento, se inició una escalada de hechos que afectaron, no solo a Lucía Belinda, sino a todas las demás. Nuestras propias miserias salieron a la luz y, con ellas, nos vimos reflejadas en el estanque de la vida real, con una nueva pátina de color, más auténtica y más sana.          
 

lunes, 15 de julio de 2013

MAÑANA COMIENZA OTRA ESTACIÓN (1)


Querida Lui:
Hoy me tocó impartir tu país. Eso me hizo recordar la historia que vivimos y he decidido escribirla. Trataré de ser lo más fiel posible, dado que la memoria, con el paso del tiempo, tiende a desdibujar los detalles y, a veces, a olvidarlos del todo.

Capítulo 1.-

Me pregunto si existen las casualidades o es que, alguna vez, los polos iguales se atraen, contradiciendo con ello, las leyes de la física. No puedo contestar a estas preguntas de manera científica, pero sí puedo contar una experiencia que me hizo pensar en aquellos momentos que, las primeras, existen y que, las segundas, puede que tengan sus excepciones. Allá va:

       Debo remontarme a unos años atrás y a un país caribeño donde, por circunstancias que no vienen al caso, me tocó vivir. Dada la naturaleza del trabajo de mi marido, vivíamos en un lugar cercano a dos grandes ríos. El lugar,¿qué más da su nombre?, era una zona de reciente creación, de pocos años atrás, trazada según los cánones norteamericanos cuando éstos fueron contratados por el Gobierno para la construcción de las infraestructuras que se necesitaban para extraer el petróleo y, a cambio, aquellos conseguían la concesión para la explotación de dichos yacimientos petrolíferos por un tiempo determinado. Así que, había que adecuar la zona, salvaje y sin nada que no fuera una exposición exhuberante de la naturaleza, para alojar a todo el personal que tendría que vivir en la zona junto con sus familias. A ellos se les unió luego, empresas de todas partes del mundo, subcontratadas para multitud de tareas específicas, complementarias y necesarias, ya que, al mismo tiempo que se extraía el petróleo, se explotaban yacimientos de hierro, aluminio y otros minerales. Cualquiera pensaría que a Dios, en el reparto de buenaventuranzas, se le torció la muñeca y un puñado de las mismas se le cayó de la mano yendo a parar a ese país y a ese lugar. 
 

 La zona, enorme como todo en América, y prácticamente despoblada, estaba dividida por un accidente geográfico, una especie de barranquillo con un viejo puente como único paso que, milagrosamente, se mantenía en pie. En la margen derecha, quedaba la parte nueva con un trazado al estilo yanki: grandes avenidas, edificios nuevos con pisos gigantescos de  materiales de primera calidad y bien orientados. Y en todos ellos, una piscina, rodeada de un área muy amplia de césped donde podías sentarte, o bien, llevarte una hamaca o una silla, mientras observabas a los niños en el agua o jugando en los alrededores. La zona de estacionamiento quedaba dentro del mismo edificio, al aire libre, nada de subterráneo y los coches, la mayoría americanos, eran de último modelo en su marca, aunque también los había europeos. Hasta aquí, todo era idílico, a no ser por el calor que, en ocasiones, era insufrible. No obstante, pasado un tiempo te acostumbrabas a él y solo lo notabas cuando te desplazabas a algún lugar de temperatura más benigna.

En la margen izquierda, el panorama era drásticamente diferente: chabolas, hacinamiento, pobreza, pero eso sí, música a todas horas, caras alegres y ganas de vivir. Fuera de los "ranchos", como así se les llama a este tipo de chabolas, casi sin excepción te daban la bienvenida dos grandes columnas de altavoces, bien sujetas encima de una piedra, para que el agua que corría por las calles, ya fuera de lluvia, ya fueran aguas negras y malolientes, no las mojara. Era tan común, que cuando encontrabas alguna casita de mampostería sin las enormes columnas vociferantes, te quedabas mirando y pensando "no debe vivir nadie". Los coches, de dos décadas atrás, parecían lanchas motoras en lugar de coches, la mayoría desvencijados, con motores que sonaban como la voz de un anciano y con la pintura de varios colores, tapando algún desperfecto ya arreglado que podía hacer palidecer de envidia al mejor pintor cubista. Se aparcaban sin orden ni concierto en cualquier sitio, aunque procuraban no entorpecer el paso. Las calles, que no eran tales sino caminos sin asfaltar, por donde apenas podían pasar cuatro personas de frente, tenían sus puntos negros y si dabas con alguno de ellos entonces, había que dar marcha atrás y conseguir llegar a un lugar donde poder girar y estacionar, para luego continuar andando. En la época de lluvias, auténticas tormentas de agua, se convertían en barrizales, momento en que los altavoces se cubrían con plásticos o se entraban a la chabola hasta que amainara y, el resto del año, seguían siendo caminos de tierra seca, endurecida y polvo en suspensión. No obstante, el lugar desprendía autenticidad, reflejo de una realidad que alcanzaba a todos los rincones del país: un atraso evolutivo de más de cincuenta años, donde convivían dos únicas clases: la de mucho dinero, que todo el mundo conocía y el resto, que era la mayoría de la gente y que únicamente subsistía. Irónicamente, esta gran mayoría era consciente de que su país estaba entre los más ricos del planeta. La llamada clase media, traumáticamente conseguida en Europa a lo largo de los siglos, no existía, con excepción de algunos pequeños comerciantes y de los profesionales extranjeros que cobraban con arreglo a los salarios de sus países, además de una serie de privilegios adicionales por estar donde estaban y llevar a buen término las grandes obras que se estaban desarrollando por iniciativa del Estado. 
     
       Así que, en este lugar, ya de por sí extraño en sí mismo, que mirando el mapa, no logras verlo ni con lupa, fui a parar yo, allá por los años ochenta y donde tuve ocasión de presenciar los hechos que luego pasarían a ser parte de mi conocimiento sobre el ser humano y por ende, una de tantas de mis historias que hoy voy a contarles:

       El motivo de estar allí era el mismo que el de las demás mujeres, el trabajo de los maridos en las distintas macro obras de la zona, muy bien remunerado y, en cuyo paquete, incluía vivir en uno de esos flamantes edificios de la margen derecha. La casualidad o el destino, hizo que nosotros consiguiéramos un segundo piso, con una panorámica excelente y dando a la piscina. ¿Podía pedirle algo más a la vida? Por supuesto que sí porque, no todo lo que es dorado es oro, pero eso lo contaré otro día. Dado que a aquella zona, no iban más que extranjeros, la mayoría entre treinta y cincuenta años, era lógico que fuera recibida por esposas de mi misma edad, o poco más, y con las cuales congenié enseguida. Todas  teníamos hijos de edades parecidas, por lo que, jugaban juntos, se enfermaban casi al mismo tiempo y se curaban de la misma manera. Era una ventaja, ya que, de esa forma, podíamos controlar los tiempos. Todas, excepto una, que no tenía hijos.

Y es de ésta y de otra de las chicas, de quienes voy a hablarles. La primera, se llamaba Lucía Belinda y algo que me sorprendió, ya que, en Europa solo se utilizaba un nombre así tuviera diez en la partida, la llamaban Lucía Belinda,  los dos nombres. Era originaria del país, nacida y criada en la capital; de las poquísimas que podías encontrar en aquella zona inhóspita. Maestra de infantil, se había casado un par de años antes y había aterrizado allí porque era una promesa real de trabajo para su marido y, porque el apartamento donde vivía, era una reciente inversión de sus padres y, por tanto, no pagaba alquiler. Los poderosos  del país invertían en la zona, confirmando con ese acto que era la más prometedora y de proyección de futuro. Sin embargo, no todos pensaban lo mismo: la construcción de viviendas para alojar a los técnicos y profesionales llegados de todas partes, puso en duda, en más de una ocasión, que el modelo creado sobreviviese una vez concluidas las obras. Esta división de opiniones entre la clase inversora, era sotto voce,  por lo que, en la práctica, no influía demasiado; se seguía construyendo de manera constante, a ritmo moderado pero el precio de los inmuebles, en cambio, subía a paso de galope.
La segunda, era andaluza, se llamaba Angélica, era Licenciada en Historia del Arte y tenía tres niños, un varón y dos hembras y, también, por motivos de trabajo de su marido, que era aparejador, se encontraba en aquel lugar artificial.

      Ahora bien, ¿qué podía hacer allí una mujer preparada, ya fuera europea, norteamericana o del país, con aspiraciones profesionales y joven? Poca cosa, por no decir nada, excepto ponerse morena como el chocolate, delgada de tanto sudar, acentuar el color del pelo, las que eran rubias como yo, de tanto sol y baño en la piscina o, conseguir mechas naturales en aquellas que lo tenían castaño y, para rematar, hablar y leer. Se preguntarán ¿y la tele? La tele era tan mediocre y absurda que no valía la pena verla, con excepción de los noticiarios y un fantástico programa de divulgación histórica de la mano de uno de los  hombres más cultos del país y que, por supuesto, no me perdía. Hablar lo hacías con cualquiera durante el día, con la esperanza de que el tiempo transcurriera deprisa hasta la llegada de la tarde, cuando comenzaban a llegar los maridos. Yo tenía la secreta esperanza de que, el mío, trajera alguna buena noticia del tipo de: "en seis meses habremos terminado y podremos irnos". Sin embargo, en lugar de eso me tocó, durante casi tres años, oír sus peripecias en el trabajo, contestarle con las palabras justas y dar pie a que continuara hablando; de esa forma pretendía empaparme de una voz masculina que tanto escaseaba en aquellos edificios durante el día y, aceptar que en esos momentos, me convertía en una especie de psicólogo, oyendo resignadamente las frustraciones, los aciertos, anécdotas de los trabajadores, discusiones con los jefes... de un marido convertido en paciente que, cuando terminaba de hablar, se iba a la ducha, luego a cenar y luego a la cama. Así, día tras día y, por mucho que oteara el horizonte, las tropas salvadoras de la caballería no llegaban nunca. Aburrida y desesperanzada, llegó un momento en que dejé de mirar y solo me dispuse a esperar, esperar a que algo sucediera y cambiara el rumbo de esa monotonía. Esos eran, más o menos, mis sentimientos, luego pude comprobar que también lo eran de las portuguesas, vascas, catalanas, norteamericanas, noruegas... de Lucía Belinda y por supuesto de Angélica; todas prisioneras de una situación que jamás imaginaron, ni imaginé siquiera, cuando, en mis tiempos de adolescente leí "Dos años de vacaciones" de Julio Verne, que era una aventura maravillosa.

Por eso de la compatibilidad de caracteres o por lo que sea, formamos un trío: Lucía Belinda, Angélica y yo, que fomentamos con el paso de los meses y, como el ser humano necesita compartir para sentir que existe, que respira y que forma parte de este mundo, cada día las conversaciones entre las tres iban cobrando un carácter más intimista y personal. A veces no hacía falta palabras para saber el estado de ánimo en que se encontraba alguna y por qué. Los detalles venían luego, a media tarde, sentadas, tomando un buen café, generalmente, en casa de Lucía Belinda que, al no tener hijos, posibilitaba el estar tranquilas y sin interrupciones. Los niños quedaban en manos de las chicas de servicio durante esos ratos de relax.


    El marido de Lucía Belinda, físicamente era un tipo alto, que sin ser feo tampoco destacaba por nada en especial, moreno, ojos oscuros, con bigote, simpático, hablador y de nombre Emilio. A mí nunca me ha gustado un bigote y era la única pega que le puse al conocerlo. En un primer momento, nadie sabía en qué trabajaba, dábamos por hecho que, al igual que los demás, lo hacía en cualquiera de las obras de la zona. Tampoco Lucía Belinda profundizaba en el tema. Por supuesto a ninguna se nos ocurría presionarla al respecto. Lo cierto es que, salía por las mañanas rumbo a su trabajo y no regresaba hasta la caída de la tarde, momento en que Lucía Belinda se despedía de nosotras para someterse a la tortura de oír. No hacía falta preguntar nada porque, las demás, pasábamos por el mismo trance, un poco antes o un poco después. Fue la época en la que estaba convencida de que se me había agudizado el oído, la vista  me había mermado y las cuerdas vocales iban perdiendo elasticidad.
     El marido de Angélica era distinto. De mediana estatura, ojos verdes, grandes y expresivos, pelo oscuro y guapo; en lo demás era idéntico a Emilio: simpático y hablador. Su nombre: Julio Jesús. Vamos un JJ para los americanos. Lo llamaban Julio, el Jesús no lo mentaba nadie.
       El de María, fotógrafo profesional de Trinidad, era un tipo poco hablador, supongo que porque hablaba muy mal el español, alto, guapísimo, de piel negra profunda y de nombre Roger. Sus dos hijos eran espectaculares, ya que las facciones de los niños, un varón y una hembra, eran caucásicas como la madre pero parecía que los habían sumergido en un barril de tinta china. Era un contraste fascinador, que atesoré en más de una foto. Estaban allí como parte de los servicios que aquella zona demandaba, porque en el estudio, además de fotos, se podían hacer fotocopias.
           El de Mirian era médico cirujano, Pedro, y ella un poco mayor que nosotras. Aún así se unía al grupo siempre que podía. El de Nuria era también médico, oftalmólogo, un tipo serio, agradable y de nombre Eligio. Ambos habían llegado a aquel lugar atraídos por sus posibilidades y juntos montaron una clínica que les iba muy bien.
           En cuanto al mio, era ingeniero de minas, empleado de una empresa española y encargado de una de las tantas obras que estaban en marcha.




                  

martes, 9 de julio de 2013

¡QUÉ GUAY! ¡ERES ABUELA!

Mi queridísima Te:

      Se te ha ocurrido pasar últimamente por algún parque o plaza entre las 5 de la tarde y las 9 de la noche? A buen seguro que sí, camino de las tiendas de moda que te encantan, pero ¿has mirado con atención lo que hay dentro? Me consta que no y tampoco yo, hasta hace unos días que, muy animada, comencé a llevar a mis nietos a jugar. La primera pregunta que me vino a la cabeza cuando puse los pies en la plaza fue: Pero ¿donde están las madres de todos estos niños? Claro que, sin quererlo me estaba acordando de otra época. ¿Te acuerdas de quienes iban a los parques con los críos, no hace muchos años? : las madres y, en ocasiones, alguna chica de servicio que gozaba de la confianza de la familia. Pero lo que he visto ahora me ha dejado asombrada y pensativa; creo que algo me he perdido por el camino en estos años. Allá va: 

       Nada más llegar a la plaza, el varón, con la pelota bajo el brazo, se vio rodeado de seis o siete críos de su edad que de inmediato se trasladaron a un punto del parque donde había menos gente y se pusieron a jugar al fútbol. Como la pequeña aún no es tan independiente, me dio la oportunidad de sentarme en un banco que me proporcionaba una panorámica que abarcaba a los futboleros.



 Que conste que, encontrar un sitio en un banco durante esas horas es como el juego de la gallina, tienes que estar a la caza de un puesto como si la vida te fuera en ello. Al momento de sentarme, llegó un señor de unos sesenta y largos, casi setenta, con un cochecito y un nieto de dos años que no dejaba de hacer aspavientos para que lo dejara salir, que les dijo, a las tres niñas que estaban sentadas, que se fueran a jugar y le dejaran el sitio que él era más viejo. Como un resorte, las niñas se levantaron, como si aquello fuera lo más natural del mundo y con la mayor indiferencia se marcharon. El hombre se sentó y, con voz autoritaria, le dijo a su nieto que, "ya había corrido bastante y que se estuviera quieto en el coche". No le faltó sino un "joder". Y como si fuera una continuación, se giró hacia mí y me dice: "¿Ud. cree que esto es vida de jubilado?, estoy hecho polvo". Yo, que todavía no me había repuesto de lo que había visto con las chicas, atiné a decir: "Bueno, hombre, los nietos también dan satisfacciones, es la continuidad de la especie, de la vida", le digo yo, un tanto filosófica. Para qué fue aquello. El hombre saltó como un muelle y me dijo: "Mire señora, tengo setenta y un años, he trabajado toda mi vida en la misma empresa, esperaba jubilarme para disfrutar un poco lo que me resta de vida con mi mujer y ¿qué es lo que me encuentro? que tengo que levantarme a las siete de la mañana, llevar a un nieto a la guardería y el otro al colegio. Cuando estoy cogiendo el sueño de la siesta, tengo que salir a escape con el carrito vacío por la acera a buscar, primero a uno y, de ahí, al colegio a recoger al otro. No puedo ni ir al bar a tomarme una copa y ver a los amigos porque a las horas en que se reúnen, que son éstas, tengo que estar en el parque para que los niños jueguen". Y,a renglón seguido añadió: "todo por la loca de mi hija". "Jesús, hombre, no diga eso", le digo yo con cautela, porque no sabía de qué hablaba. "¿Que no diga eso? digo eso y más". Todo esto es por la loca de mi hija que tiene treinta años, dos hijos de dos hombres distintos y no vive con ninguno, sino en mi casa. Sale por la mañana a trabajar y no llega hasta las siete de la tarde y ¿cree que se ocupa de sus hijos, aunque sea de bañarlos y de darles la cena, digo yo, qué menos? No señora, a esas horas, se viste y se marcha  a la calle con una cuerda de amigas, iguales que ella, a "despejarse" del trabajo. Soy yo quien tiene que bañarlos y con ayuda de mi mujer les damos de cenar y los acostamos. Mi mujer es la que cocina, limpia la casa, lava, plancha y todas las cosas que ya no tendría que hacer. Se lo digo en serio, si llego a saber ésto, no me hubiese jubilado. ¿Y qué me dice de las noches?  Ya la cosa está más calmada porque le he cogido el tranquillo, pero hasta hace unos meses, al más mínimo ruido, saltaba de la cama, cogía un pañal y sin abrir los ojos iba hasta la cuna para cambiar al crío de turno. Si solo eran meados terminaba enseguida, pero si estaba cagado tenía que abrir bien los ojos porque la primera vez que lo hice, me fui a la cama con un pegote en la camiseta que no vi y dormí toda la noche con el pegote y con el olor. Por la mañana mi mujer tuvo que cambiar las sábanas de la cama".


La verdad, no sabía si reírme o tomármelo en serio. Lo había dibujado tan bien, que me recordó a aquellas escenas de películas de los años sesenta de Alberto Closas con una familia de quince hijos. 

       Había oído suficiente, me levanté con la disculpa de la cría y eché a andar, sin perder de vista al otro que jugaba al fútbol, en busca de un nuevo banco.



Como un milagro, había uno donde estaba una señora sola, que me recordó a Joan Báez, ya vieja, claro, pues debía tener los setenta largos. Desdentada, traje anodino, parecido a un saco, zapatos negros planos con los dedos retorcidos, tremenda melena cana recogida en una coleta en la nuca y un bolso, que por más que me fijé no sabría decirte qué color tenía. No obstante su rostro y su voz eran agradables. Todavía no me había sentado cuando la señora me dice: "Qué mona es su nieta". Yo solo atiné  decir un "HUM" con una media sonrisa pero sin abrir los labios, para no darle cuerda. Pero fue insuficiente, tendría que haberme hecho pasar por sordomuda porque el "hum" le dio pie para empezar a hablar: "Me encantan los niños, siempre me han gustado". Tras una pausa y un suspiro de mi parte y por aquello de la educación recibida le contesté "Sí, dan muchas satisfacciones pero también mucho trabajo. ¿Tiene nietos?, le pregunto, más por cortesía que por interés. "No señora, no tengo ni nietos, ni hijos, soy soltera" ¡Ah! dije yo.¿ Qué podía decirle?: "¿No sabe lo que se ha perdido?, o ¿está soltera porque ha querido? ¿Quién era la guapa que le decía aquello a la pobre mujer que parecía sacada de una revista hippy? 

             Tercer intento. Me levanto, ya sin disimulo alguno, y me dirijo a la zona de los futboleros, donde la niña se interpuso en medio de un desenfrenado torneo de penaltis. Al igual que en las películas como Mary Poppins, la pelota la eludía sin que llegara a tocarla. ¡Eso sí que es un milagro y no que la Virgen se te aparezca en un árbol!. ¡Ah! querida, pero ese milagro se esfumó desde el momento en que intervine para cogerla y alejarla del peligro; la pelota aterrizó en mis posaderas haciéndome trastabillar, aunque no llegué a caerme, pero causó la hilaridad de los crios, nieto incluido, que entre risas me pedían disculpas. Al segundo, reanudaron el juego y yo me marché con la niña a la zona donde están todos los cachivaches ideados para el entretenimiento de los pequeños y para agudizar la lumbalgia de los mayores: un arenal, acotado, donde, desde que entras, los zapatos se convierten en dos bistecks empanados. Lo primero que visualizas son críos de todos lo tamaños y colores, todos gritando, unos saltando y todos sudando y, una  ristra de abuelos haciendo el intento de hablar entre ellos pero que, casi siempre, se dejaban la palabra en la boca para correr a auxiliar a algún nieto. Pues, en ese arenal es donde están los toboganes, chismes de todo tipo, algunos con resortes gigantescos que, cuando se suben a ellos, los críos se balancean adelante y atrás como si estuvieran hipnotizados; casitas enanas con escaleras más enanas, por donde quieren entrar cuatro a la vez y tú tienes que respirar hondo, hacerte la buena y dejar paso a los demás mientras aguantas 15 Kg en brazos hasta que te toca meterla por la puertecilla. Total para correr al lado contrario a toda velocidad y evitar que se lance de cabeza  a la arena desde una altura de metro y medio.
   ¡Ay! ¿y los toboganes, qué? Dios, no hay un crío que quiera subir por las escaleras para tirarse, todos quieren subir por la rampa, les da flojera subir las escaleras. Entonces la solución es: coger al crío en volandas y colocarlo directamente en el comienzo del tobogán para que se lance. Así una y otra vez hasta que logras apartarlo y llevarlo a otro aparato, no tan divertido, pero sí más descansado para uno.






Tercer tipo de abuela
Una mezcla de ambas.


Y en este arenal es donde encontré al otro tipo de abuela, que llegó al mismo tiempo que yo:
sesenta y cinco años, delgada, pantalones pitillos, sueter y rebeca , ésta última por encima de los hombros y anudada en el pecho, collar de perlas pequeñas tipo gargantilla, bolitas de perlas en las orejas, melena de mechas rubias a la altura de los hombros y zapatos bailarinas. El nieto era el mismo reflejo: cuatro años, pantalones bermudas a cuadros azules, rojos y blancos, polo azul y sandalias azules. Yo la observaba porque llegó con tan buena disposición, hablando a su nieto agachada, como dándole instrucciones y, de pronto, cuando más entusiasmada estaba, éste la deja con la palabra en la boca y se larga corriendo para el tobogán grande. Ella lo seguía con los pies enterrados en la arena, lo que le dificultaba avanzar con la rapidez que quería. Cuando llegó por fin al tobogán, el nieto había desaparecido y estaba en un artilugio de cuerdas por donde  hay que subir, tipo Tarzán.

 Ahí la mujer perdió toda la estudiada compostura para adaptarse a la realidad que tenía delante. Cuando logró agarrar al nieto, la rebeca la llevaba anudada a la cintura, el pelo le caía sobre la cara, los pies se le habían quedado anclados en la arena y debían pesarle como dos lingotes de plomo y, con una servilleta de papel intentaba limpiarse las manos a las que se le había adherido la arena por el azúcar de un chupete que le tuvo que sostener al nieto, mientras éste, olvidado del mismo, se había lanzado de cabeza a probar todos los artilugios del arenal. 

¿Crees que ésto termina aquí? Pues estás equivocada. Todavía me quedó recoger a los niños y pasar por delante de la terraza del bar del parque.  ¿Y a quién crees que vi allí? A todos los padres de los críos del arenal, que en animadas y despreocupadas charlas, tomaban sus cervecitas, refrescos y tapitas de frutos secos para "despejarse" de los asuntos de trabajo. Estuve mirando a ver si veía a la hija del jubilado y la vi, no solo a ella sino a veinte como ellas.

Así que: ¿Aún echas de menos tener nietos? Esa pregunta se la hice a una señora, después de contarle todas estas peripecias y alguna más y, sabes lo que me contestó:
     
Besos morrocotudos
À tout à l'heure, ma chérie


  ¿Tiempos pasados fueron mejores? ¿si? o ¿no?, ¿si? o ¿no?

lunes, 1 de julio de 2013

TAMPAX, CONDÓN Y ELEFANTES

Querida Pa:

Aquí estoy de nuevo. Creo que estoy, porque el calor me tiene atontada. Se me ocurrió un experimento para que una planta de la terraza, de las que llaman delicadas, no se quemara con el sol. Le clavé en la maceta la sombrilla de la playa, largamente olvidada en el trastero y milagro milagroso, funcionó. Las hojas dejaron de quemarse, se pusieron verdes y fuertes y pasado dos meses y para mi sorpresa, comenzó a florear. Una flor blanca preciosa, pequeña pero con dignidad y chulería. Pero como todo no puede ir perfecto en esta vida, hace un par de días veo que, por el suelo de la terraza, aparecen trozos de tela que al cogerlas se me deshacían en la mano. Las barrí y pensé que habría sido el viento que las había traído por los aires. No obstante, ya sin viento y con un calor de tres mil pares, los trozos continuaban apareciendo en el suelo. De repente, cuando estoy regando la planta, sujeto la sombrilla para rodarla y ¡agüita!, me quedé con un trozo de la tela en la mano. Levanto la vista y veo que todo el centro de la sombrilla estaba hecho jirones. Esa era la tela que caía en la terraza. Querida, el calor y el viento la había destrozado. En fin, tendré que comprar una nueva en los chinos, urgente, porque si no se me quemará la planta. ¡Qué cosas me pasan!
Lo cierto es que a estas alturas todavía me sorprende la imaginación del ser humano, unas para bien y otras para mal.   Te digo esto por lo siguiente:
Hace unos días, enciendo la tele y, cómo no, estaban pasando publicidad. De pronto, algo llamó mi atención: un nuevo spot de Tampax Pearl. Supongo que lo habrás visto, pero por si no es así te la resumo. Ambiente tropical, piscina de hotel de quinientas estrellas pegada al mar, una chica muy mona que sale de la piscina con un tampax en la mano y con desparpajo y simpatía se dirige a un joven, diseñado por Miguel Ángel, rubio y guapísimo que, sin decir palabra pero con su mejor sonrisa, ahueca la mano mientras la chica introduce el tampax en ella, tira del dispositivo y ¡Voilà!. La chica mira a la pantalla y le explica al público que la está viendo, lo fácil que es de colocar y lo maravilloso que es el tampax pearl. A continuación y para que no queden dudas sobre lo que acaba de comentar, se lanza de cabeza a la piscina, mientras, no uno, sino tres chicos, entre ellos el de la demostración, vestidos con un look deportivo y con una sonrisa estereotipada hacen el amago de asomarse a la piscina para ver a la sirena que se acaba de lanzar, con un tampax dentro de su cuerpo (me imagino). Yo te pregunto: ¿De qué manera se podría catalogar el anuncio? De mal gusto, de hortera, de absurdo... si, todo eso ya lo tiene por descontado, pero creo que lo que realmente le falta es imaginación. Los publicistas que lo han diseñado, han ido a lo más obvio pero adornándolo con un ambiente exótico, un trío de guaperas y una chica mona. Lo han revuelto bien y se lo han vendido al empresario como un spot que tiene gancho, que es original y que tiene glamour.  Fíjate lo poco creativo que es, que a mí, de inmediato, se me ocurrió la misma publicidad pero para los condones. Mismo ambiente y mismos protagonistas pero a la inversa.   La chica guapa es la que tiene  un pepino recién pelado en la mano y cuando va a trocearlo para ponerlo en la ensalada, llega el chico con un condón          explicando lo fácil que es colocarlo. En un pis pas, la chica se ve mirando el pepino con el condón y una sonrisa en los ojos y en la boca, a punto de saltar al cuello del chico que, dándole la espalda y de cara a la pantalla  explica al publico televidente las excelencias del uso del condón XXL. Mientras, dos nuevas chicas, insinuantes, se acercan a la del pepino y las tres se aferran a él con una pícara sonrisa en la boca. ¿Quieres decirme qué tiene eso de original, de imaginativo, de glamouroso o simplemente de estético?
Todo eso ha disparado mi imaginación y he diseñado un spot de Tampax Pearl nuevo. No te rías que sé que ya lo estás haciendo. Allá va.
   

Imagínate una manada de elefantes en las praderas de África que, por fin, después de días de caminata llegan a un buen charco de agua. A pesar de las ganas que tienen, no solo de beber sino de revolcarse en el lodo, la jefe de la manada ve atónita como sus elefantas rodean el charco sin atreverse a entrar. La elefanta arruga el ceño, las mira con enfado, lanza un barrito de impaciencia y, saliendo a desgana del agua se encamina hasta los arbustos seguida por la mirada de todas las demás. De pronto, aparece con una gigantesca caja de Tampax Pearl en la trompa y con un giro digno del mejor atleta de maza, la lanza hacia las elefantas que se apresuran a recogerla. Todas ellas se hacen con un preciado tampax en la trompa y diligentemente desaparecen en los arbustos para, a los pocos minutos, regresar al charco en un acompasado trote. Como puestas de acuerdo, se lanzan al agua en medio de barritos de gusto y satisfacción. Se revuelcan en el lodo y un rato después emergen todas, al unísono, en el centro del charco, con las trompas hacia arriba y barritando de alegría. Misión cumplida. El Tampax ha traspasado las fronteras.
¿Qué? No te parece más divertido, llamativo y efectivo? ¡Caray, todo terminado en ivo! Por supuesto, como creadora del spot estaría tras las cámaras viendo la filmación y, para que no te desconsueles, ¡oh musa de inspiración! me acompañarías al corazón de África. Al fin y al cabo estarías en tu ambiente, senderismo hasta hartarte, ambiente salvaje como tú y quién sabe, puede que con un poco de suerte te tropieces con el nieto de Tarzán. Eso sí, en la mochila Tampax Pearl y Antalgín.

Besos de morritos.
À bientôt, ma chérie.